viernes, 24 de enero de 2014

Días de colegio

Los otros niños lloraban, pero yo me refugiaba en mi lonchera de “Plaza Sesamo” y en las paredes pintadas con dibujos de “Los pitufos”. Si bien el colegio quedaba cerca a mi casa, no dejaba de ser traumático el hecho de abandonar mis juguetes y la televisión. El primer día de clase es un momento que cambia la vida, y tal vez ningún niño está preparado para la ocasión.

No es fácil estar en un contexto abarrotado de desconocidos, y mucho menos cuando se es tímido. Algunos pueden tener la ventaja de compartir colegio con sus hermanos o primos. Yo tenía la ventaja de tener como compañero al hijo de una familia amiga de mis papás. Eso hacía un poco más llevadero el asunto.

Esos primeros días son muy largos. No es fácil extrañar la casa. Era muy distinto tener que pedirle el favor a la profesora que destapara un yogurth a que lo hiciera mamá. Tampoco era fácil encontrar el baño, y mucho menos tomar un lápiz y escribir letras medianamente legibles en hojas de papel amarillo con líneas de ferrocarril y márgenes rojas, donde el fracaso y la frustración comenzaban a asomar al ritmo de un “Mala letra”, pérfido fantasma que aún me atormenta al sol de hoy.

La hora del recreo claramente era la más entretenida. En esas épocas no era “políticamente incorrecto” comer tierra, ni uno se enfermaba por morder los juguetes. Cualquier pelota rota era un balón profesional y un par de loncheras eran perfectas para la portería de fútbol. La lonchera de los niños a veces tenía frutas, pero en la mía siempre había un sándwich. La gaseosa no era muy bienvenida, no porque fuera prohibida, sino porque por alguna razón los termos no la resistían y al pasar de la lonchera se iba desprendiendo líquido procedente de una Coca Cola o una Pony Malta. Tener que pedirle a la maestra que lavara la lonchera era un trauma, como si no fuese suficiente con perder la gaseosa.

Los libros “Coquito” y “Nacho lee” fueron los compañeros inseparables. “Mi mamá me mima”, “Mi gato mueve la cola” o “Paco quema la casa” eran las frases de batalla para aprender a leer. El reto máximo era cuando la maestra decía la palabra “Dictado”, y ahí comenzaba la contrarreloj de escribir palabras al ritmo de la voz de la profesora. Por lo general el asunto salía bien, pero ante la rotura de la mina del lápiz, o la dificultad de escribir una palabra esdrújula, la estrategia se venía abajo.

En el curso siempre podían encontrarse la niña bonita, el sujeto latoso, el niño tímido, y el presumido. Por lo general uno termina siendo el amigo del que uno menos cree. Nunca se me olvidará que mi mejor amigo en toda la primaria fue un niño al que accidentalmente le rompí una caja de colores. Los niños afortunadamente son más humildes que los adultos y perdonan y olvidan fácil.

Siempre serán clásicas las frases “Tomen distancia”, “¡A formar!” o “Ya llegaron por ti”, así como las tan recordadas de las izadas de bandera: “1. Himno Nacional”, “4. Estudiantes que por sus méritos académicos merecen izar el pabellón nacional”, o “6. Marcha final”. Tampoco se olvidan los castigos colectivos, cuando todo el curso se portaba mal, y se pagaba con el recreo, un costo muy alto.

El día de la clausura es el final de la aventura. Los niños se quieren lucir ante sus padres, mientras otros optamos por hacer monerías involuntarias (como fue contado en el artículo “Adulto menor”). Al final, todos contentos recibimos nuestro diploma y un juguete como premio por habernos sabido comportar. Era un gran triunfo aprender a leer y a escribir, pero aún no sabíamos valorar la grandeza de esa hazaña. Vendría un nuevo año, donde todos podríamos poner eso a prueba. Por ahora, marcha final. 

domingo, 12 de enero de 2014

De vacaciones y retornos

Llega el momento de despedirse del guía. Es el instante del “fin de nuestros servicios” en el tour, y el inevitable tiempo de pensar en empacar las maletas. Aquellos mágicos momentos de estar viviendo algo totalmente distinto a la cotidianidad llegaban a su triste final.

La noche anterior al retorno, uno se dispone a mirar que no se quede nada, que aquella gran cantidad de inservibles souvenirs esté en algún lugar del equipaje, y que uno no vaya a dejar algún billete a la deriva para que algún afortunado turista lo encuentre. Desde luego, la sensación de un equipaje más pesado que el que se llevó, y la tranquilidad de no haber consumido nada del minibar, hace que con eso termine la transacción. Vuelo muy temprano en la mañana, o ir a una terminal de buses a una hora donde se puedan conseguir tiquetes, es el comienzo de la hazaña que puede ser retornar a la rutina, a lo cotidiano.

Muchas veces pasa que uno llega aún más cansado de lo que se fue, y creería que esa debe ser la idea, en tanto que en los paseos se suele estar en movimiento, pero tal vez también está el peso anímico de llegar, encontrar los recibos a punto de vencerse, las plantas clamando por agua, o de ver que el polvo ha dejado su huella inclemente por los objetos. Uno quiere llegar rápido para ver las fotos, destapar los regalos comprados o enterarse de cosas, pero la realidad es dura, y es que al día siguiente comienza un nuevo año laboral.

Los momentos en el desplazamiento desde el lugar de descanso hasta la casa no suelen ser los más amables. El tráfico de las grandes ciudades no es amigable, en tanto que siempre está diciendo “Bienvenido a la realidad”. Los aviones, si bien ahora cuentan con más opciones de entretenimiento, suelen contar en el mejor de los casos con una película que uno ya vio, o con alguna de las versiones de la saga de “El Paseo”, como si no hubiese sido ya suficiente. La entrada a la ciudad (en el caso de los que viajan por tierra a Bogotá, ciudad desde donde se escribe “Laboratorio Cínico”) o el sobrevuelo y posterior carreteo del avión son eternos. La paciencia, gran ausente en los propósitos de año nuevo, escasea, y el tiempo tampoco colabora para que quede algún momento de descanso previo a las actividades de la mañana siguiente. La noche será corta porque toca ver las fotos, y porque hay que revisar que no se haya quedado nada  (¡ni nadie!)

La mañana siguiente hay que levantarse temprano, pero el cansancio y la ausencia de la rutina hacen que no se obedezca la orden del reloj, o que se haga de mala gana. Hay que tratar de acordarse de los pendientes laborales,  de la contraseña del computador de la oficina, de llevar la tarjeta para que dejen entrar, y de ver si quedó algo de dinero, en pesos claro está, porque ni en el bus o el parqueadero reciben rupias o chelines, ni el dispensador de comida chatarra en el trabajo se reciben “pennies”.

Las sorpresas, tan tempranas como desagradables, vienen a cargo del aumento de los precios, siempre, muy por encima de las vanagloriadas cifras de inflación. El desayuno, el almuerzo, el transporte, el parqueadero, las medicinas, y los recibos costarán más. Es un pésimo momento para recordar que todas las fiestas y paseos de fin de año fueron financiadas por crédito.  

Cuando uno llega a la oficina, saluda efusivamente a los compañeros, comparte anécdotas del viaje, reparte y recibe chocolates, pregunta quién se ganó la rifa que hizo alguno de los compañeros en el fin de año (que nunca se gana algún conocido), va iniciando la sesión del computador, con la fortuna de recordar que la contraseña sí terminaba en “01” y no en “00”, y mientras eso se carga el equipo.

Acto seguido, sale en la herramienta de correo electrónico “Outlook” el contundente y lapidario mensaje: “Tiene 156 correos sin leer”. Y ahí acaban las vacaciones.