Llega el momento de despedirse
del guía. Es el instante del “fin de nuestros servicios” en el tour, y el
inevitable tiempo de pensar en empacar las maletas. Aquellos mágicos momentos
de estar viviendo algo totalmente distinto a la cotidianidad llegaban a su
triste final.
La noche anterior al retorno, uno
se dispone a mirar que no se quede nada, que aquella gran cantidad de
inservibles souvenirs esté en algún lugar del equipaje, y que uno no vaya a
dejar algún billete a la deriva para que algún afortunado turista lo encuentre.
Desde luego, la sensación de un equipaje más pesado que el que se llevó, y la
tranquilidad de no haber consumido nada del minibar, hace que con eso termine la
transacción. Vuelo muy temprano en la mañana, o ir a una terminal de buses a
una hora donde se puedan conseguir tiquetes, es el comienzo de la hazaña que
puede ser retornar a la rutina, a lo cotidiano.
Muchas veces pasa que uno llega
aún más cansado de lo que se fue, y creería que esa debe ser la idea, en tanto
que en los paseos se suele estar en movimiento, pero tal vez también está el
peso anímico de llegar, encontrar los recibos a punto de vencerse, las plantas
clamando por agua, o de ver que el polvo ha dejado su huella inclemente por los
objetos. Uno quiere llegar rápido para ver las fotos, destapar los regalos
comprados o enterarse de cosas, pero la realidad es dura, y es que al día
siguiente comienza un nuevo año laboral.
Los momentos en el desplazamiento
desde el lugar de descanso hasta la casa no suelen ser los más amables. El
tráfico de las grandes ciudades no es amigable, en tanto que siempre está
diciendo “Bienvenido a la realidad”. Los aviones, si bien ahora cuentan con más
opciones de entretenimiento, suelen contar en el mejor de los casos con una
película que uno ya vio, o con alguna de las versiones de la saga de “El Paseo”,
como si no hubiese sido ya suficiente. La entrada a la ciudad (en el caso de
los que viajan por tierra a Bogotá, ciudad desde donde se escribe “Laboratorio
Cínico”) o el sobrevuelo y posterior carreteo del avión son eternos. La
paciencia, gran ausente en los propósitos de año nuevo, escasea, y el tiempo
tampoco colabora para que quede algún momento de descanso previo a las
actividades de la mañana siguiente. La noche será corta porque toca ver las
fotos, y porque hay que revisar que no se haya quedado nada (¡ni nadie!)
La mañana siguiente hay que
levantarse temprano, pero el cansancio y la ausencia de la rutina hacen que no
se obedezca la orden del reloj, o que se haga de mala gana. Hay que tratar de
acordarse de los pendientes laborales, de
la contraseña del computador de la oficina, de llevar la tarjeta para que dejen
entrar, y de ver si quedó algo de dinero, en pesos claro está, porque ni en el
bus o el parqueadero reciben rupias o chelines, ni el dispensador de comida chatarra
en el trabajo se reciben “pennies”.
Las sorpresas, tan tempranas como
desagradables, vienen a cargo del aumento de los precios, siempre, muy por encima
de las vanagloriadas cifras de inflación. El desayuno, el almuerzo, el
transporte, el parqueadero, las medicinas, y los recibos costarán más. Es un
pésimo momento para recordar que todas las fiestas y paseos de fin de año
fueron financiadas por crédito.
Cuando uno llega a la oficina,
saluda efusivamente a los compañeros, comparte anécdotas del viaje, reparte y
recibe chocolates, pregunta quién se ganó la rifa que hizo alguno de los compañeros
en el fin de año (que nunca se gana algún conocido), va iniciando la sesión del
computador, con la fortuna de recordar que la contraseña sí terminaba en “01” y
no en “00”, y mientras eso se carga el equipo.
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