domingo, 12 de enero de 2014

De vacaciones y retornos

Llega el momento de despedirse del guía. Es el instante del “fin de nuestros servicios” en el tour, y el inevitable tiempo de pensar en empacar las maletas. Aquellos mágicos momentos de estar viviendo algo totalmente distinto a la cotidianidad llegaban a su triste final.

La noche anterior al retorno, uno se dispone a mirar que no se quede nada, que aquella gran cantidad de inservibles souvenirs esté en algún lugar del equipaje, y que uno no vaya a dejar algún billete a la deriva para que algún afortunado turista lo encuentre. Desde luego, la sensación de un equipaje más pesado que el que se llevó, y la tranquilidad de no haber consumido nada del minibar, hace que con eso termine la transacción. Vuelo muy temprano en la mañana, o ir a una terminal de buses a una hora donde se puedan conseguir tiquetes, es el comienzo de la hazaña que puede ser retornar a la rutina, a lo cotidiano.

Muchas veces pasa que uno llega aún más cansado de lo que se fue, y creería que esa debe ser la idea, en tanto que en los paseos se suele estar en movimiento, pero tal vez también está el peso anímico de llegar, encontrar los recibos a punto de vencerse, las plantas clamando por agua, o de ver que el polvo ha dejado su huella inclemente por los objetos. Uno quiere llegar rápido para ver las fotos, destapar los regalos comprados o enterarse de cosas, pero la realidad es dura, y es que al día siguiente comienza un nuevo año laboral.

Los momentos en el desplazamiento desde el lugar de descanso hasta la casa no suelen ser los más amables. El tráfico de las grandes ciudades no es amigable, en tanto que siempre está diciendo “Bienvenido a la realidad”. Los aviones, si bien ahora cuentan con más opciones de entretenimiento, suelen contar en el mejor de los casos con una película que uno ya vio, o con alguna de las versiones de la saga de “El Paseo”, como si no hubiese sido ya suficiente. La entrada a la ciudad (en el caso de los que viajan por tierra a Bogotá, ciudad desde donde se escribe “Laboratorio Cínico”) o el sobrevuelo y posterior carreteo del avión son eternos. La paciencia, gran ausente en los propósitos de año nuevo, escasea, y el tiempo tampoco colabora para que quede algún momento de descanso previo a las actividades de la mañana siguiente. La noche será corta porque toca ver las fotos, y porque hay que revisar que no se haya quedado nada  (¡ni nadie!)

La mañana siguiente hay que levantarse temprano, pero el cansancio y la ausencia de la rutina hacen que no se obedezca la orden del reloj, o que se haga de mala gana. Hay que tratar de acordarse de los pendientes laborales,  de la contraseña del computador de la oficina, de llevar la tarjeta para que dejen entrar, y de ver si quedó algo de dinero, en pesos claro está, porque ni en el bus o el parqueadero reciben rupias o chelines, ni el dispensador de comida chatarra en el trabajo se reciben “pennies”.

Las sorpresas, tan tempranas como desagradables, vienen a cargo del aumento de los precios, siempre, muy por encima de las vanagloriadas cifras de inflación. El desayuno, el almuerzo, el transporte, el parqueadero, las medicinas, y los recibos costarán más. Es un pésimo momento para recordar que todas las fiestas y paseos de fin de año fueron financiadas por crédito.  

Cuando uno llega a la oficina, saluda efusivamente a los compañeros, comparte anécdotas del viaje, reparte y recibe chocolates, pregunta quién se ganó la rifa que hizo alguno de los compañeros en el fin de año (que nunca se gana algún conocido), va iniciando la sesión del computador, con la fortuna de recordar que la contraseña sí terminaba en “01” y no en “00”, y mientras eso se carga el equipo.

Acto seguido, sale en la herramienta de correo electrónico “Outlook” el contundente y lapidario mensaje: “Tiene 156 correos sin leer”. Y ahí acaban las vacaciones.

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