Una tarde de esas intrascendentes, sin pena ni gloria. No llegan archivos y
seguramente llegarán al otro día. Después de dar “F9” para que se actualice el
correo electrónico, aparece un correo que dice “¡La compañía los invita a la
fiesta de fin de año de la Empresa! ¡Será un momento con música, comida, bebida
y mucha diversión! Los esperamos el día “tal”, a la hora “tal” y en el lugar “tal”.
Contamos con su asistencia. Att. Recursos Humanos”.
Cuando el correo se acaba, pasan dos cosas: uno se queda
pensando, y luego lo socializa con sus compañeros de puesto. Sea porque uno
pregunta si habrá algún artista invitado, si habrá rifas, o para recordar
alguna “hazaña” de algún empleado de la empresa que quiso pasarse de listo al
calor de unos tragos.
La fiesta corporativa suele ser un momento de diversión,
donde la idea es que las distintas áreas (o clases sociales, no mintamos) de la
empresa convivan un rato y se conozcan mejor. Es el momento donde el
practicante quiere intentar algo con la Ejecutiva de Mercadeo, o el empleado de
rango medio quiere intimar con las directivas de la compañía, para “pescar en
río revuelto”. El trago que la empresa reparte gratis será el motor para que
esos propósitos sigan el camino pensado.
Una cosa que siempre tiene asegurada una fiesta corporativa
son las sorpresas. Muchas veces ocurre que una compañera que siempre ha sido
ignorada, termina obteniendo atención en tanto que es el primer día que se va
maquillada y logra verse bien. Pasa también lo contrario, en tanto que hay
gente que se va con su ropa más extravagante, y termina llamando la atención, pero
no precisamente por su elegancia y su buen gusto. A veces también es sorpresa la asistencia de algunos empleados que no suelen socializar demasiado.
Muchos al momento de recibir el primer trago, no se imaginan
(o no recuerdan) que al otro día y los días posteriores van a ser el tema de conversación
de toda la empresa si algo sale mal. Los primeros tragos son para calentar el
ambiente, para desinhibirse. Los siguientes suelen ser el salto al vacío, y el
detonante de situaciones absurdas: ebríos bailando solos en la pista, el galán
de fiesta que quiere aprovecharse de las mujeres que ya van cayendo en la
trampa del licor, los que quieren “bravear” al que siempre les ha caído mal, y
el que se cree el alma de la fiesta, que cuando observa los videos el día
siguiente, solo sentirá pena.
A medida que va pasando la noche, comienzan los shows, signo
inequívoco de que el trago ha surtido efecto: el ebrio que comienza a hablar al
oído sosteniéndose de su interlocutor, la niña que no rompe un plato “rumbeándose”
con alguien que nunca le gustó, el empleado que exige a su jefe un aumento de sueldo,
y los que ya van cayendo “fuera de combate” dormidos sobre la mesa, en el mejor de
los casos.
Al día siguiente, las oficinas a las 8 de la mañana están
vacías. A las 9:30 hay una lluvia de gafas oscuras, caldos, empanadas, fotos, voces
carrasposas y lagunas mentales. Muchos comienzan a descubrir las facetas
desconocidas que mostraron al mundo la noche anterior, con la clásica frase “!Eso
no pasó!”, o, “¿En serio yo hice eso?”, mientras otros simplemente ignoran el
momento, como si ya fuera costumbre. Claro está, otros son más descarados al
agradecer el haberlos llevado a la casa, cuando uno nunca los llevó a la casa…
No hay fiesta corporativa donde no haya algún recuerdo,
donde no haya protagonistas, y donde no se espere que el otro año llegue en una
tarde sin pena ni gloria, un correo que dice “¡La compañía los invita a la
fiesta de fin de año de la Empresa!”.
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