El viernes anterior a Semana Santa se respira total sosiego.
Prácticamente todo se olvida, y más si ese día había fecha de las Eliminatorias
del Mundial. Todo era fiesta, pronósticos y camaradería alrededor de los
televisores. Colombia golearía, y tanto trabajadores como estudiantes, aprovechando
la coyuntura de un viernes y una victoria nacional, se desfogarían ante la
rumba y el trago. Nada más para hacer, y todo quedaría para después de Semana
Santa.
Ese “después de Semana Santa” siempre ha sido el “segundo
tiempo” y la nueva oportunidad para todo. Es la nueva oportunidad del
estudiante vago que va perdiendo el semestre, y ve que aquí puede recomponer el
camino, es el tiempo que se puede comprar para aplazar un parcial o trabajo, o
una manera para hacer “reset” en la vida laboral y descansar de los pendientes.
El viernes anterior a Semana Santa puede ser uno de los
mejores días del año. Se piensa que se vienen unas vacaciones muy largas y que
habrá muchas cosas por hacer. Las labores del estudio y la oficina se olvidan,
y solo se piensa en viajes y descanso. La máquina se reiniciará en una semana.
El sábado, aún con resaca, los que viajan (y no viajaron
desde el mismo viernes), preparan sus equipajes. Se viene una semana para
aprovechar, para gastar, y para compensar el escaso tiempo de unión familiar. Otros
se quedan en casa, con el consuelo que ya el solo hecho de no ir a trabajar o a
estudiar en la semana ya es un triunfo. Desde luego, otros sí trabajan los días
hábiles, que si bien unas veces resultan más relajados, en otros casos reúnen
la carga laboral de toda la semana, lo que los hace de mayor voltaje, incluso
que los de una semana regular.
El jueves y el viernes santo todos los toman como festivo.
Sin la misma parafernalia de los demás festivos donde se ve gente ebria en la
calle, música a alto volumen, y gente en los parques, esos dos días se van para
unos en reflexión, y para otros en diversión. El ritmo de las ciudades baja en
esos días, aunque ahora, a diferencia de otros años, por lo menos se abren las
puertas de los comercios.
El sábado comienza el desasosiego, porque realmente no es un
sábado común. Es un día hibrido entre los festivos anteriores y el domingo, además
de sentir que ya no se está en vacaciones, sino en el fin de semana que culmina
con ir al trabajo el lunes. Se trata de aprovechar, pero con la melancolía de
ver que el fin de las vacaciones está cerca.
Así como el viernes previo a la Semana Santa fue un día
alegre, el domingo se convierte en el inevitable final de la semana de
descanso. Los que viajan lo tratan de aprovechar al máximo, pero muchas veces
ignorando o subestimando el alto tráfico de las carreteras. El camino muestra
la peor cara de todos, con los niños con hambre, con el padre cansado de
conducir, y con la desesperación de ver que el auto de adelante no avanza.
La tarde y la noche del domingo toman tintes dramáticos
cuando los niños se comienzan a acordar de las tareas que no han hecho, el
joven recuerda que no ha estudiado para el parcial que tiene el lunes a primera
hora y que tanto pidió que aplazaran, y los padres, no contentos con tener que
trabajar el día siguiente, tendrán que demostrar sus destrezas en las
manualidades esa misma noche, al tener que hacer el aparato digestivo en
plastilina y una maqueta de un edificio con palos de balso, que quién sabe
dónde se conseguirán en un domingo por la noche. Hubo diversión, pero se llega aún
más cansado que al principio del viaje.
Lunes otra vez. Ya las vacaciones, más cortas de lo que se
quisiera, son historia y se viene el segundo tiempo. Si quedaron asuntos
pendientes, no podrán esperar hasta después de Semana Santa.
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