domingo, 30 de marzo de 2014

La tengo, no la tengo

Junio 9 de 1990. Recién terminaba el partido entre Italia y Austria, que el primer equipo ganaba angustiosamente 1-0. Colombia también había jugado ese día, logrando su primera victoria en la historia de los Mundiales de fútbol. Llenos de fiebre de fútbol, fuimos con mi hermano a un quiosco a intercambiar láminas repetidas del álbum del Mundial Italia 90. Más de 15 personas estaban allí, incluso soportando la lluvia, pero buscando la manera de llevarse un buen botín a casa para llenar el álbum. En  mi caso, demás de obtener algunos intrascendentes jugadores de Emiratos Árabes y Egipto, también había logrado las láminas de Carlo Ancelotti (sí, el actual técnico del Real Madrid) y la más difícil del álbum: la del portero René Higuita, quien aparte estaba en la foto de la portada del álbum. Días después, un vistoso error del excéntrico portero, acabaría con el sueño mundialista de Colombia.

En estos días, muchos estamos recordando lo que se siente llenar un álbum. La adrenalina de destapar un sobre, como quien abre un regalo en su cumpleaños o en navidad. Lo que se siente cuando sale muchas veces en los sobres algún ilustre desconocido de alguna selección que uno sabe que no va a hacer nada en el torneo, o cuando uno espera que en la caja de sobres aparezca un jugador de esos que son llamados a ser figuras, pero su ausencia nos llena de tristeza, como cuando uno extraña a alguien que quiere mucho. Sin mencionar la rabia que se desata cuando una de esas láminas que se unen con otras queda mal pegada

Los álbumes, no solo de mundiales de fútbol, suelen unir familias y amigos. El ritual de cambio de láminas es algo inigualable, donde conceptos económicos como la oferta y la demanda salen a florecer. Desde luego, la especulación con los precios de las láminas suele ser exagerada, en tanto que la gracia de hacer un álbum es llenarlo, y muchas veces, los vendedores al menudeo, como los perros, huelen el miedo o la desesperación. Sus sarcásticas sonrisas al mencionarnos los precios nos suelen decir “o la compras, o no lo llenas”. A veces, como en muchas ocasiones en la vida, toca ceder.

Hacer un álbum no solo requiere dinero, sino también disciplina y también suerte. Muchos recordarán cuando eran niños y compraban los álbumes que vendían en las misceláneas, donde por un número de ejemplares llenos podían llevarse premios como un balón de microfútbol, una tula deportiva o un ajedrez magnético. No conozco a nadie que haya llenado uno de esos, pero sí a muchos a los que les faltó una o dos láminas, curiosamente las mismas láminas. Y en esos casos no existía mercado al menudeo como para poder intentar llenarlo. La decepción de no llenar un álbum es grande, y traumática la experiencia de ver espacios vacíos.   

Hemos visto álbumes de muchos estilos en nuestra vida. El álbum de los chocolates Jet siempre ha sido muy popular, y su primera versión perduró por mucho tiempo, pero ahora, y para motivar el consumo de chocolatinas, de tanto en tanto sale uno con temáticas nuevas. Los de generaciones anteriores recordarán el de “Javier” (el personaje del diario “El Espectador”), el de la “Pizza Nostra” y el de la desaparecida emisora 88.9. Otros recordarán los de Coca – Cola, con publicidades de la marca y personajes de Disney, así como los que fuimos niños en los 80’s también hicimos los de “Transformers” o “Garbage pall kids”, así como los de otras series de TV de moda en cada época. Otros álbumes, muy interesantes para los coleccionistas y gomosos de los deportes, fueron los del campeonato CART de automovilismo en el año 2000, y los de los equipos “Millonarios” y “Atlético Nacional” que salieron en 2013, en tanto que además de muy bien realizados, también contaban con mucha información relevante para los fanáticos.

Es agradable ver que la cultura de llenar un álbum no se ha perdido. Que grandes y chicos siguen disfrutando mucho este agradable y didáctico pasatiempo, que nos trae todo tipo de emociones, y que nos hace felices por un tiempo. Por eso, creería que en cuanto a tener pasión por llenar un álbum, prefiero decir “la tengo”, a decir, “no la tengo”.

sábado, 29 de marzo de 2014

Colombia en Indycar: El país a toda velocidad

Busque en su memoria los años 1999 y 2000. Recordará que en esa época el automovilismo fue un deporte muy popular, en tanto que Colombia venía de un fracaso estruendoso en el Mundial de fútbol Francia 98, y en ese entonces, un muchacho, tan veloz como arrogante, comenzaba a ganar carreras en una categoría importante de autos. La gente ponía en sus carros calcomanías que decían “Target” (muchos ni sabían que realmente era el nombre de una tienda), compraba autos rojos de juguete, veía las carreras narradas por Ricardo Soler y Jorge Leal (de ahí salió el famoso “Ricardo Jorge”!) y no era indiferente al escuchar nombres como Dario Franchitti, Max Papis, o Helio Castroneves. Ese par de años, Juan Pablo Montoya nos invitó a subirnos a su vehículo para andar los caminos de la Fórmula CART y disfrutar de los avatares del automovilismo.

El 30 de Marzo (mañana, si usted es un lector puntual y juicioso), comienza una nueva temporada de Indycar (fusión entre la mencionada categoría CART y la Indy Racing League), una de las categorías de autos más rápidas del mundo, y que si bien no cuenta con tanto glamour y tecnología como la Fórmula 1, sí le da una especial importancia al espectáculo y las batallas entre pilotos. En esta nueva temporada de Indycar competirán 4 pilotos colombianos, siendo ellos Juan Pablo Montoya, Carlos Muñoz, Sebastián Saavedra y Carlos Huertas.

La historia de los colombianos en Indycar comenzó en 1984, cuando el piloto paisa Roberto José Guerrero llegó a la categoría después de 2 frustrantes años en Fórmula 1 con equipos de bajo presupuesto. Guerrero fue un piloto muy rápido pero con muy mala fortuna. Ganó solo 2 carreras en sus casi 15 años de competencia, curiosamente en 1987, temporada que tuvo que abandonar porque quedó en coma después de un accidente en unas pruebas. También tuvo un gran fiasco en las 500 millas de Indianápolis en 1992, cuando en la vuelta de presentación, y siendo el primero en la línea de partida, hizo un trompo con su auto y abandonó la carrera. Actualmente es comentarista de televisión, con un marcado acento gringo.

El siguiente colombiano en la categoría fue Juan Pablo Montoya para las temporadas 1999 y 2000 con el equipo Target Chip Ganassi. Un piloto superlativo, ganó la temporada 1999, como buen colombiano, con una alta dosis de sufrimiento, en tanto que empató al final en puntos con su rival y amigo Dario Franchitti, pero se hizo al campeonato por haber ganado 7 carreras, 5 más que  Franchitti. En el año 2000, y mostrando su acostumbrada velocidad, tuvo una temporada irregularmente absurda, abandonando en carreras por raros fallos mecánicos o problemas en la configuración del auto. Aun así ganó 3 carreras y las 500 Millas de Indianápolis, la carrera más famosa del mundo.

En 2014 Montoya regresa a la categoría, después de polémicos pasos por la Fórmula 1 y NASCAR. Su nuevo equipo es el Team Penske, el más ganador de la historia de la serie, pero necesitado de triunfos, en tanto que hace casi 10 años no gana un campeonato.

Otro de los pilotos colombianos en esta temporada es Sebastián Saavedra. Este joven piloto bogotano debutó en 2010, pero una mezcla de mala suerte, malos equipos y errores  de manejo no han permitido que haga carreras memorables. Este año va con un equipo decente, y será dirigido por quien fuera compañero de Montoya en 1999 y 2000, Jimmy Vasser.

Carlos Muñoz es otro joven piloto, que debutó en 2013 en la categoría. De formación en Europa, Muñoz casi logra el sueño de cualquier piloto: ganar las 500 millas de Indianápolis en su primer intento. En aquella ocasión, una bandera amarilla (neutralización) a pocas vueltas del final le impidió tomar la leche que ganan los vencedores de la carrera. Un merecido segundo lugar, pero había para más. Su jefe es Michael Andretti, hijo del legendario Mario Andretti y rival de Montoya en 1999 y 2000.

La delegación colombiana la completa Carlos Huertas, quien llega a Dale Coyne Racing, un equipo donde tiene que llevar patrocinador para poder correr (“Café de Colombia” es el suyo). No hizo pruebas de pretemporada, pero igual se esperan cosas interesantes de él debido a su ampli formación en Europa.

Es histórica la participación colombiana en esta categoría en 2014. Nunca antes se han visto tantas banderas de Colombia en una categoría importante de automovilismo. Ojalá hagan un buen trabajo, dejen el nombre del país en alto, y nos hagan sentir los que vivimos en 1999 y 2000, cuando conocimos un deporte fascinante y lo aprendimos y vivimos a toda velocidad.

domingo, 16 de marzo de 2014

Historia de Domingo

La memoria de Raúl suele acompañarlo en viajes hacia el pasado. Muchos recuerdos rondan su cabeza ante la mirada nostálgica de un domingo gris, que trata de resistirse con lo que puede a la inminente llegada del implacable y hostil lunes.

Raúl se concentra en el hermoso recuerdo de las mañanas del domingo, cuando su padre lo llevaba a jugar fútbol con varios de sus amiguitos. El placer de ensuciarse y comer tierra era inexplicable, solo comparable al sabor del helado que obtenía cuando marcaba el gol de la victoria. Todo el domingo se hablaría de su gol. No saldría en los diarios, pero la manera como eludió al portero rival quedaría en la memoria de todos, por lo menos hasta que acabara la jornada de colegio el lunes. La mañana soleada era cómplice de su heroísmo, lo que contrasta con la incómoda compañía de la soledad en los días grises.

Como premio a su hazaña, Raúl comería su plato favorito en el almuerzo. Una buena pasta siempre caería bien para tener mucha energía para la tarde. No importaba cuán difícil era de tomar con los cubiertos, ni que la posibilidad de mancharse fuera inminente, sino que se compartía una tarde familiar, donde cada quien contaba con generosos detalles sus historias, desde las aventuras adolescentes de colegio, hasta el anuncio de comprar un televisor nuevo porque en el antiguo ya no se ve nada. Pasaban horas, pero el tiempo no se sentía. Era irrelevante. No había que cumplir horarios ni encontrarse con nadie. La tarde era para Raúl y su familia.

El sol seguía ahí, incondicional, aguardando que Raúl volviera a la calle para jugar en el parque. La tarde era promisoria: sus amigos Juan Carlos y Guillermo ya estaban en la calle subidos en el rodadero y la pequeña Daniela esperaba en el columpio. Raúl vuelve a ser feliz en el parque, mientras que su padre lo observaba y al mismo tiempo escuchaba en su radio el juego del equipo de la capital. Fue una tarde donde encontraron nuevos amigos. Nadie hablaba de dinero, desamores o problemas laborales, sino del capítulo de la serie de dibujos animados que vieron el día anterior. Todos contaban la misma historia, aunque unos con detalles más exagerados que otros. Con la ropa sucia y el cabello pegajoso de sudor, era momento de volver a casa. No había que pensar en el desasosiego del domingo por la tarde, sino en la enorme expectativa por la llegada del lunes, cuando Raúl volvería a ver sus amigos en el colegio.

Raúl mira el reflejo de esos días, ya lejanos, en el mismo parque donde jugó de niño. Ya no está el carro de los helados, el columpio está derruido, Daniela se casaba por segunda vez, y Guillermo vivía agobiado por las deudas. Los niños ya no estaban en el parque, sino acompañados de sus smartphones y sus videojuegos. Raúl piensa que ellos no tendrán en su memoria el recuerdo de esos interminables domingos, donde cada quien fue héroe, y donde cada quien escribía cada semana su historia de domingo.