domingo, 16 de marzo de 2014

Historia de Domingo

La memoria de Raúl suele acompañarlo en viajes hacia el pasado. Muchos recuerdos rondan su cabeza ante la mirada nostálgica de un domingo gris, que trata de resistirse con lo que puede a la inminente llegada del implacable y hostil lunes.

Raúl se concentra en el hermoso recuerdo de las mañanas del domingo, cuando su padre lo llevaba a jugar fútbol con varios de sus amiguitos. El placer de ensuciarse y comer tierra era inexplicable, solo comparable al sabor del helado que obtenía cuando marcaba el gol de la victoria. Todo el domingo se hablaría de su gol. No saldría en los diarios, pero la manera como eludió al portero rival quedaría en la memoria de todos, por lo menos hasta que acabara la jornada de colegio el lunes. La mañana soleada era cómplice de su heroísmo, lo que contrasta con la incómoda compañía de la soledad en los días grises.

Como premio a su hazaña, Raúl comería su plato favorito en el almuerzo. Una buena pasta siempre caería bien para tener mucha energía para la tarde. No importaba cuán difícil era de tomar con los cubiertos, ni que la posibilidad de mancharse fuera inminente, sino que se compartía una tarde familiar, donde cada quien contaba con generosos detalles sus historias, desde las aventuras adolescentes de colegio, hasta el anuncio de comprar un televisor nuevo porque en el antiguo ya no se ve nada. Pasaban horas, pero el tiempo no se sentía. Era irrelevante. No había que cumplir horarios ni encontrarse con nadie. La tarde era para Raúl y su familia.

El sol seguía ahí, incondicional, aguardando que Raúl volviera a la calle para jugar en el parque. La tarde era promisoria: sus amigos Juan Carlos y Guillermo ya estaban en la calle subidos en el rodadero y la pequeña Daniela esperaba en el columpio. Raúl vuelve a ser feliz en el parque, mientras que su padre lo observaba y al mismo tiempo escuchaba en su radio el juego del equipo de la capital. Fue una tarde donde encontraron nuevos amigos. Nadie hablaba de dinero, desamores o problemas laborales, sino del capítulo de la serie de dibujos animados que vieron el día anterior. Todos contaban la misma historia, aunque unos con detalles más exagerados que otros. Con la ropa sucia y el cabello pegajoso de sudor, era momento de volver a casa. No había que pensar en el desasosiego del domingo por la tarde, sino en la enorme expectativa por la llegada del lunes, cuando Raúl volvería a ver sus amigos en el colegio.

Raúl mira el reflejo de esos días, ya lejanos, en el mismo parque donde jugó de niño. Ya no está el carro de los helados, el columpio está derruido, Daniela se casaba por segunda vez, y Guillermo vivía agobiado por las deudas. Los niños ya no estaban en el parque, sino acompañados de sus smartphones y sus videojuegos. Raúl piensa que ellos no tendrán en su memoria el recuerdo de esos interminables domingos, donde cada quien fue héroe, y donde cada quien escribía cada semana su historia de domingo.

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