La memoria de Raúl suele acompañarlo
en viajes hacia el pasado. Muchos recuerdos rondan su cabeza ante la mirada nostálgica
de un domingo gris, que trata de resistirse con lo que puede a la inminente
llegada del implacable y hostil lunes.
Raúl se concentra en el hermoso
recuerdo de las mañanas del domingo, cuando su padre lo llevaba a jugar fútbol
con varios de sus amiguitos. El placer de ensuciarse y comer tierra era
inexplicable, solo comparable al sabor del helado que obtenía cuando marcaba el
gol de la victoria. Todo el domingo se hablaría de su gol. No saldría en los
diarios, pero la manera como eludió al portero rival quedaría en la memoria de
todos, por lo menos hasta que acabara la jornada de colegio el lunes. La mañana
soleada era cómplice de su heroísmo, lo que contrasta con la incómoda compañía
de la soledad en los días grises.
Como premio a su hazaña, Raúl
comería su plato favorito en el almuerzo. Una buena pasta siempre caería bien
para tener mucha energía para la tarde. No importaba cuán difícil era de tomar
con los cubiertos, ni que la posibilidad de mancharse fuera inminente, sino que
se compartía una tarde familiar, donde cada quien contaba con generosos detalles
sus historias, desde las aventuras adolescentes de colegio, hasta el anuncio de
comprar un televisor nuevo porque en el antiguo ya no se ve nada. Pasaban
horas, pero el tiempo no se sentía. Era irrelevante. No había que cumplir
horarios ni encontrarse con nadie. La tarde era para Raúl y su familia.
El sol seguía ahí, incondicional,
aguardando que Raúl volviera a la calle para jugar en el parque. La tarde era
promisoria: sus amigos Juan Carlos y Guillermo ya estaban en la calle subidos
en el rodadero y la pequeña Daniela esperaba en el columpio. Raúl vuelve a ser
feliz en el parque, mientras que su padre lo observaba y al mismo tiempo
escuchaba en su radio el juego del equipo de la capital. Fue una tarde donde encontraron
nuevos amigos. Nadie hablaba de dinero, desamores o problemas laborales, sino
del capítulo de la serie de dibujos animados que vieron el día anterior. Todos
contaban la misma historia, aunque unos con detalles más exagerados que otros.
Con la ropa sucia y el cabello pegajoso de sudor, era momento de volver a casa.
No había que pensar en el desasosiego del domingo por la tarde, sino en la
enorme expectativa por la llegada del lunes, cuando Raúl volvería a ver sus
amigos en el colegio.
Raúl mira el reflejo de esos
días, ya lejanos, en el mismo parque donde jugó de niño. Ya no está el carro de
los helados, el columpio está derruido, Daniela se casaba por segunda vez, y
Guillermo vivía agobiado por las deudas. Los niños ya no estaban en el parque,
sino acompañados de sus smartphones y sus videojuegos. Raúl piensa que ellos no
tendrán en su memoria el recuerdo de esos interminables domingos, donde cada
quien fue héroe, y donde cada quien escribía cada semana su historia de
domingo.
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