lunes, 24 de diciembre de 2012

¿A cuántas cuotas?





-          -        ¿A cuántas cuotas?
-         -         24, por favor.

Sin duda ustedes habrán escuchado más de una vez esta conversación. A muchos escandaliza, pero otros consideran que de ese modo no se sienten las deudas, sin importar que van a tener que pagar mucho más por el bien que compraron. Algunos prefieren pagar de contado, pero otros quieren pagar mucho después. Respetable, pero discutible. El colombiano suele vivir al debe, y eso no es ningún secreto.

Si ustedes miran a sus compañeros de trabajo, familiares, vecinos, o amigos, pueden ver que las deudas los agobian, que tienen sobregiradas las 5 tarjetas de crédito con las que cuentan, que no alcanza el dinero para pagar la cuota del ostentoso auto que solo usan 2 veces por semana, y que el día de pago está lejano. Es común escuchar el día después del pago que “el dinero se fue como llegó”. Alardean de tener los últimos teléfonos, un carro nuevo, y la tecnología más reciente, pero si se llegan a aburrir de sus trabajos, muy seguramente no van a tener la libertad y la posibilidad de renunciar, todo debido a que aún se debe todo lo que se compró. Y es que las deudas están presentes todo el año, y se convierten en un círculo vicioso para el trabajador colombiano. A veces parece que deja de ser una cuestión de disciplina y educación financiera, y pasa a ser algo endémico, inherente a la vida del trabajador.

Hay varias épocas en el año donde el colombiano, sin importar su nivel socioeconómico, está sobregirado. La primera del año es en Enero. Pocos se alcanzan a reponer de la resaca de la Navidad, cuando empieza la temporada escolar, y a los niños les piden desde “cuaderno ferrocarril debidamente marcado y forrado con color azul”, hasta “papel higiénico cortado en cuadritos” o “uniforme de karate”, entre otras excentricidades. Como muchos ya no tienen el “comodín” que representaba la “prima” de Navidad por haber gastado desenfrenadamente en el fin de año para demostrarle a otros quién es el “duro”, pues toca recurrir a pedir prestado a un hermano, padre, tío, vecino, o a reciclar útiles del año anterior, porque un tajalápiz no se gasta en un año.

Febrero, el mes para recordar el “gaste en Diciembre y pague dentro de dos meses”. Se había gastado en Diciembre, se había endeudado también, y aparte debe los libros de Enero. Es ahí donde empiezan a recordar las fiestas con montones de invitados, los copiosos buñuelos, y las cantidades diluvianas de aguardiente. Desde luego, también se recuerda el TV de 60 pulgadas comprado a cuotas, porque “el vecino tiene uno de 46, y yo debía tener uno mejor”.

Marzo, mes de la semana Santa. “Me aburrí de Melgar, así que nos vamos a Cartagena, que es más caro que ir al extranjero, pero puedo poner en el Face: “@Cartagena” o “I’m at Rafael Nunez International Airport” (cosa que realmente a nadie le importa). Igual, pedí un crédito en el Fondo de Empleados”.

Hay fechas que los gremios de comerciantes han inventado para aflojar el dinero de nuestros bolsillos y porque suelen ser meses débiles en ventas.: en Abril el “día del niño”, en Septiembre el día del “amor y la amistad”, y ahora en Marzo el recientemente creado “día del amigo”. El comercio y la publicidad conspiran contra el trabajador, aunque este no suele hacer nada para evitarlo. Desde luego, mientras se acumulan todas esas deudas, los recibos y las cuotas de administración e impuestos siguen andando. Las vacaciones de mitad de año tampoco ayudan mucho a que estas personas tengan algo de ahorro, y mucho menos los lanzamientos de nuevas tecnologías, porque “si todo el mundo lo tiene, yo lo debo tener”.

Diciembre es el mes clásico del derroche, del desenfreno. Desde el centro comercial más ostentoso, hasta el más humilde vendedor ambulante tiene fiel y distinguida clientela. Hay que gastar, el comercio nos dice que debemos comprar, que solo seremos felices si tenemos ese TV o esa consola de videojuegos, el banco nos dice que no nos preocupemos, que podemos pagar después, el niño dice que solo me respetará si le compro ese moderno juguete. ¿De dónde saco el dinero?  En este momento no importa, ¡igual con la tarjeta de crédito puedo pagar después!

-         -         Señorita. Me llevo todo esto.
-         -        ¿A cuántas cuotas?
-         -         24, por favor.



viernes, 21 de diciembre de 2012

Sentarse a esperar




Mi primer recuerdo de esperar algo en un lugar se remonta a los años 80’s, cuando esperaba a que le cortaran el pelo a algún familiar. La peluquería tenía una silla que simulaba un carrito y ahí me sentaban para que yo leyera la edición española de “Don Miki”, una revista de comics en formato “Digest” del famoso ratón. El tiempo era muy placentero al leer esas historias, y siempre quería que esa entretenida espera se prolongara aún más.

Las salas de espera, lastimosamente, por lo general no son tan acogedoras como la nombrada anteriormente, más bien son espacios de tensión, de impaciencia, de rabia, y para los más afortunados es un momento de flirt con la persona que se tiene al frente. De repente, el solo hecho de esperar es de por sí una de las sensaciones más abrumadoras que se pueden tener.

Salas de espera hay en muchos lados. Las salas de espera del aeropuerto o del terminal de transportes son bastante concurridas, sobretodo en “temporada alta”, donde mucha gente se ve sometida a una gran incomodidad e incluso a dormir ahí, eso sí, siempre tratando de estar alerta de las personas que merodean a su alrededor. Claro está, que muchas veces este es el precio de dejar todo para el último momento, y otras veces es producto de la incompetencia de algunas empresas que no prevén la sobre-demanda inherente a estas temporadas. En el aeropuerto por lo menos hay sitios donde mirar, pero creo que son exageradas las 2 o 3 horas de anterioridad para abordar un vuelo internacional. Los niños sí se divierten mucho viendo el aterrizaje de los aviones en la pista.

La sala de espera de un hospital o centro médico es tal vez la peor. En estos recintos las caras contentas no tienen cabida. El tinto y el vaso con agua son los invitados frecuentes y acompañantes de quienes se encuentran sumidos en la tensión propia de esperar un diagnóstico médico. Se escuchan muy pocas palabras, y siempre se ve la muy escasa unidad familiar. La gente no se puede acomodar en una sola silla, el televisor en blanco y negro con la perilla dañada y estacionada en el Canal 1, y algunas personas evidenciando su comprensible desespero dando vueltas a la sala, recordándome un capitulo de “Los Picapiedra” en el que Pedro al dar tantas vueltas a la sala, abrió un hueco en el piso mientras esperaba que naciera su hija Pebbles.

Esperar en un taller de mecánica automotriz tampoco es un placer. Si se corre un poco de suerte, en las estaciones de servicio venden cosas para comer, pero si no, toca aprender a notar la  diferencia entre una llanta “Pantera” y una “Eagle”, analizar si los otros carros tienen un salto en la pintura, ver cuanto dura el paquete completo de alineación, balanceo, lavado, polichado y grafitado, que bien puede durar hora y media, o analizar la actitud de los dueños de los autos cuando les toca mover su vehículo para que otro estacione.

En una entidad financiera la espera es mucho más tediosa porque hay más gente y menos sillas, cosa que me recuerda aquel juego donde varios niños dan una vuelta alrededor de unas sillas al son de la música, y cuando termina la música, una de las sillas es retirada para eliminar de la dinámica a alguno de los participantes. Si uno está sentado en la silla del Banco y se levanta durante una fracción de segundo, muy probablemente al volver la mirada esa silla estará ocupada. Hay que sumarle a eso que el tiempo que hay que esperar en los bancos puede ser mayor y menos productivo que en otras “esperas”. Este caso es homologable al de cualquier entidad que preste servicios burocráticos.

Otra espera, que no se hace en una sala de espera como tal, pero sí en un recinto donde también se percibe el aroma de la desesperación, es la de un examen académico. El salón de clases toma un aire de cortejo fúnebre cuando el profesor da el primer paso hacia el recinto con un sobre de manila bajo el brazo y con la mirada indiferente hacia el estudiante que osadamente le pregunta sobre el resultado obtenido en tal prueba. El maestro es cómplice de la desesperación porque siempre pretende entregar los resultados al final de la clase, momento en el cual el alumno ha padecido durante dos horas aproximadamente una tensión sin par, acompañado de malos pensamientos que involucran un muy posible regaño de sus padres, una burla de sus compañeros y una versión apocalíptica de un futuro de continuos fracasos. Realmente un desagradable instante que comienza cuando al termino del examen, el alumno comienza a comparar respuestas con sus compañeros encontrando serias diferencias entre lo escrito por él y lo escrito por sus amigos.

Un momento realmente aburridor y desesperante es cuando se espera por una entrevista de trabajo. Es el tiempo donde la ansiedad es evidente en todos los rincones de la sala, donde la persona puede sentir su propio miedo y el de sus competidores, y donde se puede imaginar, igual que el caso anterior, un porvenir exitoso en el caso de acertar las respuestas o caerle bien a la psicóloga, o una sensación de fracaso en caso contrario. 

Creo que para nadie es un secreto que la sala de espera es una de las bibliotecas más grandes del mundo. En estos recintos se ven todo tipo de revistas. La revista “Semana” es tal vez la más habitual, aunque por lo general son ejemplares con dos o tres años de antigüedad. La revista “Credencial” también es muy frecuente, así como la revista “Aló”. Las revistas de odontología, medicina, y otras especialidades están ahí también, pero deben estar cansadas de esperar en la canasta que alguien se tome el trabajo de sacarlas para leer. Muchas de estas revistas están sin la portada, rayadas, rotas y maltratadas, mostrando una vez más una faceta evidente de nuestra incultura.

Las salas de espera también son utilizadas para aprovechar los recursos que provee un teléfono celular, para socializar con otra persona que también esté esperando, y para ejercer un cruce frecuente de miradas con la persona que se encuentra al frente.

Debe existir un sinnúmero de situaciones de espera que no se citaron en este artículo, pero tendrán que esperar muy pacientemente su oportunidad para ser nombradas.


lunes, 17 de diciembre de 2012

La estrella 14 de Millonarios y las segundas oportunidades





Cuando Luis Delgado fue a saludar al juvenil Andrés Correa, se veía venir el final.  El volante antioqueño cobraría el penalti, y Delgado, el portero del equipo azul, le brindaría una indescriptible alegría a millones de personas, que olvidarían inmediatamente que un error de ese mismo arquero llevaría a Millonarios, el tradicional equipo de la capital colombiana, al indeseable sufrimiento que siempre traen las definiciones desde el punto penal.

La estrella número 14 del club capitalino, y en general el duelo Millonarios – Medellín, nos mostraría a todos que siempre hay una nueva oportunidad, y muchos la tuvieron ese día, y sin duda alguna la supieron aprovechar.

Quién se imaginaría por ejemplo que Mayer Candelo, aquel jugador que después de desperdiciar un penalti en un juego ante el rudo “Centauros” de Villavicencio en 2003, y que después tiraría al frío césped de “El Campín”  su camiseta, se coronaría campeón como capitán del equipo, cuya hinchada demoró mucho tiempo en perdonarle aquel gesto. Quien se imaginaría también que Luis Delgado, portero que a pesar de sus problemas personales (su esposa combate el cáncer de seno), y quien en su primer partido como titular en el pórtico del equipo recibió 8 goles del Real Madrid, sería el héroe de la jornada, incluso después de haber cometido un grave error en el juego final. La vida está llena de oportunidades, y qué bueno que siempre se pueden aprovechar.

El equipo rival, muy joven y combativo, estaba dirigido por Hernán Darío Gómez, una persona que genera siempre amores y odios y que ha estado muchas veces en banquillos de selecciones como Colombia o Ecuador. Hace un poco más de un año, agredió a una mujer en las afueras de un sitio nocturno de Bogotá, y fue condenado públicamente por el hecho, que finalmente lo llevó a renunciar a la dirección de la Selección Colombia, justo antes de iniciar las eliminatorias al mundial de 2014. Gómez creyó que su carrera se terminaba, y después de disculparse, el Deportivo Independiente Medellín le brindaría una nueva oportunidad, que aprovecharía al llevar a la final a un equipo tan inexperto como combativo. Incluso, sus declaraciones a la prensa tienen un tono tan mesurado, que resulta increíble.

Como tal, Millonarios, tanto la institución como su hinchada, tuvo la feliz conclusión de una nueva oportunidad. El hincha de Millonarios siempre estuvo ahí, en los peores momentos, sufriendo temporada tras temporada aquel rosario de ineptos directivos, jugadores inoperantes, y técnicos que nunca encontraron el camino. La espera parecía eterna, pero Millonarios le dio a su hinchada una nueva oportunidad para celebrar, la primera para muchos de sus fanáticos.

Y Millonarios, institucionalmente sí que tuvo y aprovechó esa nueva oportunidad. Cabe recordar ese deplorable 2010, cuando el equipo presidido por Juan Carlos López y dirigido por Luis Augusto García, y con refuerzos tan mediocres como Obelar y Boyero, caminaba  peligrosamente por la cornisa que lleva al descenso y de la desaparición como equipo, porque las deudas ya eran asfixiantes. Afortunadamente, sus fieles hinchas, el empresario José Roberto Arango, y el técnico Richard Páez, encontraron el camino, y le dieron una nueva oportunidad al histórico equipo bogotano. Todo prácticamente estaba perdido, pero la esperanza siguió ahí, y nos dio la oportunidad de celebrar.

En la vida siempre tendremos oportunidades, y el juego de la final  nos mostró muchos ejemplos de vida, de cambios, de felicidad, de superación personal. Ojalá todos los días tuviéramos la oportunidad de ver y de contar estas historias.

Hasta una próxima oportunidad.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Re-cursis humanos: El temor a las Fiestas Corporativas




Una tarde de esas intrascendentes, sin pena ni gloria. No llegan archivos y seguramente llegarán al otro día. Después de dar “F9” para que se actualice el correo electrónico, aparece un correo que dice “¡La compañía los invita a la fiesta de fin de año de la Empresa! ¡Será un momento con música, comida, bebida y mucha diversión! Los esperamos el día “tal”, a la hora “tal” y en el lugar “tal”. Contamos con su asistencia. Att. Recursos Humanos”.

Cuando el correo se acaba, pasan dos cosas: uno se queda pensando, y luego lo socializa con sus compañeros de puesto. Sea porque uno pregunta si habrá algún artista invitado, si habrá rifas, o para recordar alguna “hazaña” de algún empleado de la empresa que quiso pasarse de listo al calor de unos tragos.

La fiesta corporativa suele ser un momento de diversión, donde la idea es que las distintas áreas (o clases sociales, no mintamos) de la empresa convivan un rato y se conozcan mejor. Es el momento donde el practicante quiere intentar algo con la Ejecutiva de Mercadeo, o el empleado de rango medio quiere intimar con las directivas de la compañía, para “pescar en río revuelto”. El trago que la empresa reparte gratis será el motor para que esos propósitos sigan el camino pensado.

Una cosa que siempre tiene asegurada una fiesta corporativa son las sorpresas. Muchas veces ocurre que una compañera que siempre ha sido ignorada, termina obteniendo atención en tanto que es el primer día que se va maquillada y logra verse bien. Pasa también lo contrario, en tanto que hay gente que se va con su ropa más extravagante, y termina llamando la atención, pero no precisamente por su elegancia y su buen gusto. A veces también es sorpresa la asistencia de algunos empleados que no suelen socializar demasiado.

Muchos al momento de recibir el primer trago, no se imaginan (o no recuerdan) que al otro día y los días posteriores van a ser el tema de conversación de toda la empresa si algo sale mal. Los primeros tragos son para calentar el ambiente, para desinhibirse. Los siguientes suelen ser el salto al vacío, y el detonante de situaciones absurdas: ebríos bailando solos en la pista, el galán de fiesta que quiere aprovecharse de las mujeres que ya van cayendo en la trampa del licor, los que quieren “bravear” al que siempre les ha caído mal, y el que se cree el alma de la fiesta, que cuando observa los videos el día siguiente, solo sentirá pena.

A medida que va pasando la noche, comienzan los shows, signo inequívoco de que el trago ha surtido efecto: el ebrio que comienza a hablar al oído sosteniéndose de su interlocutor, la niña que no rompe un plato “rumbeándose” con alguien que nunca le gustó, el empleado que exige a su jefe un aumento de sueldo, y los que ya van cayendo “fuera de combate” dormidos sobre la mesa, en el mejor de los casos.

Al día siguiente, las oficinas a las 8 de la mañana están vacías. A las 9:30 hay una lluvia de gafas oscuras, caldos, empanadas, fotos, voces carrasposas y lagunas mentales. Muchos comienzan a descubrir las facetas desconocidas que mostraron al mundo la noche anterior, con la clásica frase “!Eso no pasó!”, o, “¿En serio yo hice eso?”, mientras otros simplemente ignoran el momento, como si ya fuera costumbre. Claro está, otros son más descarados al agradecer el haberlos llevado a la casa, cuando uno nunca los llevó a la casa…

No hay fiesta corporativa donde no haya algún recuerdo, donde no haya protagonistas, y donde no se espere que el otro año llegue en una tarde sin pena ni gloria, un correo que dice “¡La compañía los invita a la fiesta de fin de año de la Empresa!”.



miércoles, 12 de diciembre de 2012

Imágenes Retro: La Estrella 13 de Millonarios.




Pocas veces recuerdo haber sido tan feliz estando enfermo, porque el 18 de diciembre de 1988 hubo fiebre, tanto de una emotiva final de fútbol, como de fiebre que impedía salir de la cama, que era mi caso.

1988 fue un año de valiosos recuerdos. Muchos recordamos el “Concierto de Conciertos”, la niñez de muchos de nosotros, y momentos difíciles de orden público, pero como cada diciembre, la atención se vuelca hacia la final de fútbol colombiano. En aquella época el campeonato se definía en un octogonal, disputado en 2 rondas. Los invitados a la fiesta fueron Millonarios, Nacional, Santa Fe, América, Junior, Cúcuta, Quindío y Pereira.

Las nóminas de los equipos eran extraordinarias. Atlético Nacional contaba con buena parte de la selección Colombia, destacándose jugadores como Higuita, Leonel Álvarez, Tréllez, y Andrés Escobar; América tenía una selección del continente: Gareca, Falcioni, Bataglia, Cabañas, De Ávila, entre otros genios del balón. Santa Fe tuvo jugadores del talento de Freddy Rincón, Jorge Balbis, “checho” Angulo y Eduardo Niño, quienes al año siguiente irían al equipo escarlata de Cali.  Había mucho dinero para armar grandes nóminas, y para nadie es un secreto su procedencia en bastantes casos.

Millonarios tenía un equipo de respeto, y aunque fracasó ese año en la Copa Libertadores, bajo el mando de Luis Augusto García buscaría su estrella 13. El equipo contaba con Omar Franco como portero, defensas como Alberto Gamero, Cerveleón Cuesta, Wilman Conde y Hugo Galeano; volantes recios como Eduardo Pimentel, Mario Vanemerak, o talentosos como Nilton Bernal, y delanteros peligrosos como Arnoldo Iguarán, “Gambeta” Estrada, “pájaro” Juárez y Ruben Dario Hernández. Para la última fecha, Millonarios y Nacional llegarían empatados en puntos, pero una mejor diferencia de gol para el azul. El equipo Embajador tenía que visitar la temible Barranquilla, y Nacional iría a Bogotá a enfrentar a Santa Fe. Millonarios necesitaba empatar y que Nacional no ganara.

Ese 18 de diciembre, con fiebre, se aceleraría al principio de los partidos. Promediando el primer tiempo se daba el peor de los resultados: Nacional ganaba en Bogotá (con gol de J.J. Galeano) y Junior hacía lo propio en Barranquilla con gol de “Kiko” Barrios. La fiebre era más intensa, y el marcador de los juegos no ayudaba para nada.

De repente todo tomó otro rumbo en el segundo tiempo. Mario Vanemerak anotaría el empate de Millonarios en Barranquilla, y casi que al momento, “checho” Angulo empataría el juego en Bogotá. La fiebre se había ido, los nervios la habían sometido. El televisor a blanco y negro de marca “National” sería testigo del final del partido en Barranquilla y de la imagen de Omar Franco de rodillas orando para que terminara el juego en Bogotá, con un final feliz, que afortunadamente se dio, y que todos los azules celebramos con el alma.

El 1-1 en ambos juegos marcaría la estrella 13 de Millonarios, la última hasta este momento. Bogotá la celebraría a rabiar, y parecía que continuaría la racha de estrellas consecutivas de uno de los mejores equipos de su generación, pero no fue así, y han pasado 24 años desde esa última estrella, pasando por momentos muy penosos e incluso con la casi desaparición del equipo. Por lo pronto, se recuerda ese momento feliz e inolvidable. La fiebre se fue, pero ojalá los triunfos regresen. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

¿Realmente nos gustan las colas grandes?





El comienzo de esa historia se remonta al momento en que cursé primero de primaria. Un día a mediados de aquel año falté a una jornada de clases, y fue tal vez la primera vez que esto ocurría en mi corta por ese entonces vida estudiantil, pero igual, esta falla tenía una causa plenamente justificable.

Al otro día de esta “jornada de asueto”, mi maestra me pregunta:
-          ¿Y porqué no viniste a clase ayer?
A lo cual yo respondí algo aturdido:
-          Tuve un fuerte dolor de cabeza, que al parecer fue fiebre.

Esa fiebre tenía una explicación debido a que el día anterior, me encontraba con mi hermano haciendo una larga fila para pagar un recibo de luz. El calor fue muy intenso esa tarde de lunes, y eso sumado a la lentitud con la cual se movía esa fila, hizo que mi cuerpo se debilitara y que al otro día sufriera las consecuencias de un trámite muy aburridor y muy común en este país: Las “colas”.

Tal vez este es uno de los pocos países del mundo donde se necesita hacer fila para cualquier trámite por simple que sea. No creo que en países más desarrollados se tenga que hacer fila para asuntos tan extraños como para entrar a un restaurante o para pagar por los errores de la burocracia local. En fin, en estos casos sale a relucir la ineficiencia inherente a la gran mayoría de entidades nacionales.

Y es que por donde quiera que uno camina se ven extensas filas. Para pagar cualquier tipo de servicio hay que disponer de una mañana completa y de un buen grado de paciencia. No basta con llevar la documentación completa y la mejor voluntad, porque al pasar de los minutos serán evidentes situaciones como el sujeto que intenta colarse, como el vigilante que arbitraria y groseramente trata de “organizar” la fila, o de ver que de las tres cajas que existen sólo están dos habilitadas, y que sus respectivos funcionarios están conversando o “haciendo visita” sin tener en cuenta que todas las personas que hacen la fila necesitan ese valioso tiempo para producir para sus respectivas empresas y familias.

Un lugar muy recurrente para ver filas es el banco. De entrada, los vigilantes de estas instituciones (no todos, aclaro) obstruyen la entrada, preguntan tonterías y además olvidan que son los clientes los que sostienen el funcionamiento del banco, y que adicional a eso pagan el salario de ese personaje. Tal vez la parte donde la furia del cliente se hace evidente es cuando dice” Yo sólo obedezco ordenes”. En este lugar también ocurre algo parecido a lo descrito anteriormente en el caso de los servicios públicos, en el sentido de tener una buena cantidad de cajas disponibles y una cantidad inmensamente inferior de gente atendiendo. Tal vez la única manera de pasar el tiempo es hacerle visita a quien va adelante en la fila, pero la paciencia se termina cuando el juvenil cajero o asesor le dice al cliente: “Le falta una firma. Sin esa firma no podemos hacer nada”. El resultado, aparte del dolor de cabeza y la frustración, son dos mañanas perdidas.

Basta con salir a caminar en un día cualquiera y contar la cantidad de filas que se hacen. Si es por la mañana, uno se puede encontrar con la gente de la tercera edad haciendo fila para cobrar su pensión o para pagar sus servicios públicos en una entidad financiera, incluso, algunos comienzan a hacer fila a las 6 de la mañana en un local que abre a las 8. Falta de oficio o simplemente hiperactividad, pero a la gente de la tercera edad parece que sí le gusta hacer cola, o tal vez el trámite injustamente se lo exige.

Después de ver eso, paso por un paradero de colectivos a las 7:30 de la mañana. Encontré alrededor de 30 personas alineadas para obtener uno de los 12 puestos con los que cuenta este medio de transporte. Se completa el cupo y las personas que no alcanzaron a tomar ese transporte tienen que esperar un poco más para que pase otro con las mismas características. En esa situación no se puede observar ninguna cara placentera. Y eso que no quiero hablar de los portales de Transmilenio.

Ya a las 10 de la mañana, unos niños se estacionan en el parque al terminar el recreo. En ese instante, su profesora los manda formar para dirigirse de nuevo a su colegio. En algunos casos, los maestros son lo suficientemente rígidos para buscar que la fila sea plenamente recta.

En otro sector de la ciudad se ve mucha gente haciendo interminables filas en busca de una oportunidad de empleo. Bastantes personas salen decepcionadas al ver que madrugaron motivadas y finalmente se encuentran con timo. También se pueden ver filas en las embajadas en busca de una cita para pedir una visa, y en las oficinas de reclamos de muchos entes distritales.

En esa misma mañana, no es raro encontrarse con promociones en los supermercados. Sea “Días de rebaja”, “Martes de naranjas”, o la promoción que sea, el consumidor sabe que el dinero que ahorra ese día, lo puede utilizar después, así que soportar una larga cola es un bajo costo con respecto al beneficio.

Al mediodía existen filas para poder almorzar en algunos restaurantes, cosa que puede resultar graciosa pero verídica. También colas en los trámites que cierran para salir a almorzar, y colas en las salidas de los parqueaderos.

Al final del día se repite la cola para el transporte masivo, sólo que la paciencia es menor. Colas en las universidades para usar un computador después de clases, y muchas más colas en los supermercados.

Los fines de semana son idóneos para las colas. Las colas para ir a cine son enormes a la vespertina, la cola para ir a un bar esperando que el gendarme de turno revise si usted puede ser persona grata y de buen consumo, y la cola para ir al estadio en un partido importante, cola que puede durar un largo tiempo.

En fin, esas son algunas de las colas más importantes, algunas justificadas, otras solamente manchadas con un desagradable tinte burocrático. Afortunadamente aún no tenemos que hacer cola para respirar (aunque ya casi), ni tenemos que hacer cola para muchas de las mejores cosas de la vida.


jueves, 6 de diciembre de 2012

Imágenes Retro: La Cadena 3



"Señal Colombia", o la antiguamente llamada "Cadena 3", siempre ha sido una muy buena opción para escapar de la programación de los demás canales nacionales. En la actualidad ese canal transmite muchos deportes, series clásicas y una sólida franja infantil educativa. Hace varios años, dicho canal contaba con la programación de TRANSTEL, canal alemán que transmitía el fútbol de ese país, el resumen semanal de "El mundo al instante", programas de concurso como "Telematch", o seriados como "Manny el líbero". La voz asociada a esos programas por lo general fue la del barranquillero Andrés Salcedo González, quien retornó a Colombia hace un poco más de 20 años.

Gracias a esa Cadena 3 conocimos otros lugares del mundo con "Italia hoy", "Correo Especial" (la actualidad de Francia, presentada por Gloria Valencia de Castaño), "Punto de Encuentro" (España), o el "Álbum musical del mundo". La programación infantil también era muy sólida, con un plato fuerte como "El tesoro del saber", programa mexicano donde nos decían que "En los libros hallarás...el tesoro del saber...para tí todo será...si aprendes a leer". Personajes como "Don Biblioteco" o "Panfleto" son inolvidables.

En cuanto a deportes, además del mencionado fútbol alemán, también se transmitía fútbol argentino, colombiano, las 6 horas de Bogotá, y "Gran Prix: Noticiero del deporte", donde alternaron comentaristas como Iván Mejía y Carlos Antonio Vélez. También se veían conciertos de artistas latinoamericanos los domingos en la tarde. Era muy agradable pasar el domingo viendo los shows de Soda Stereo, Miguel Mateos o Mercedes Sosa. Es más, muchos niños aprendimos sobre el campo con el entrañable y desaparecido "Profesor Yarumo".

Si bien la actual "Señal Colombia" tiene programas muy interesantes, tal vez ahora con la gran cantidad de opciones de entretenimiento que hay, no tiene la relevancia que merece, y que en su momento supo ganarse la "Cadena 3: Canal de interés público".Un gran esfuerzo que hizo Inravisión en su momento, y ahora RTVC.



martes, 4 de diciembre de 2012

Miguel Calero: Un show, una leyenda.




Los tiempos han cambiado mucho. En 1990, la televisión colombiana solo tenía 2 canales, y era muy difícil observar los partidos de fútbol profesional, en tanto que solo se transmitían los cuadrangulares semifinales y las finales, y de ahí que muy pocas veces pudimos observar al Sporting de Barranquilla, club que fue perenne habitante del último lugar de la tabla en los torneos en los que participó. Jugaba en el intenso calor del “Romelio Martínez”, pero la lluvia de goles en cada fecha era incesante, y no precisamente a favor del equipo costeño.

Para enterarnos del Sporting, debíamos escuchar los programas de deportes en la radio, esperar la emisión de “Teledeportes” o el “Show del gol Criptón” para ver los goles, o leer el diario al día siguiente, y así poder saber que si bien Sporting perdía, su portero era figura. Su nombre, Miguel Calero.

Miguel fue un portero vallecaucano nacido en 1971, nacido para el fútbol en las divisiones inferiores del Deportivo Cali, donde de la mano del desaparecido entrenador de porteros Carlos Portela, alternó con otros grandes del arco colombiano como Faryd Mondragón y Óscar Córdoba, y así saltó al profesionalismo en el mencionado Sporting, para luego vestir los colores de la selección Colombia, Deportivo Cali, Atlético Nacional, y el Pachuca de México, donde conoció la gloria al ganar varios torneos, incluyendo la Copa Sudamericana.

Su estilo en la portería era irreverente pero serio. En situaciones donde su equipo pasaba apuros, iba hasta al otro arco a intentar un gol, y a veces lo lograba, pero también era muy serio y vistoso bajo los tres palos, en tanto que sus atajadas eran espectaculares, literalmente volaba, así que el cielo le será familiar.

Cómo olvidar el estupendo gol que le marcó al Deportivo Pereira, siendo el primer gol que hace un portero en Colombia con balón en movimiento, o el penal que le atajó a Martín Palermo en la Copa América de 1999, o el elegante uniforme azul con el que en el Preolímpico de 1991 tapó todo lo que disparaban, o las gestas en el Pachuca, equipo donde fue preparador de porteros hasta el final de sus días, convirtiéndose en el tercer jugador más ganador de la historia de Colombia, después de Iván Ramiro Córdoba y Fabián Vargas.

Calero no solo fue un estupendo portero, sino que como ser humano siempre fue intachable. Nunca fue motivo de escándalo, siempre fue amigo de los niños, y ningún técnico, jugador o periodista tuvo queja de él. Hasta en eso fue un grande.

El 4 de Diciembre de 2012, y después de un accidente cerebrovascular, Miguel nos abandona. Se nos va un grande, un ídolo, un ejemplo a seguir, pero la leyenda, como el show, por siempre vivirá.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Colombia, el casi – país




Colombia es uno de esos países raros. Siempre creemos que existe el potencial para lograr cosas, pero algo se pone por delante, ya sea el miedo, la sobrevaloración, o los “enemigos” que inventamos en cada turno, para disfrazar así nuestra propia inoperancia o nuestra propia cobardía por lograr algo.

Hace algunos días vivimos algo similar con Millonarios, el equipo de la capital colombiana que estaba en la semifinal de la Copa Sudamericana enfrentando a “Tigre” de Argentina ante un atiborrado y fervoroso estadio “El Campín”. Una semana antes, el equipo azul de Bogotá había sacado un valioso punto en Argentina, y tanto los hinchas como el periodismo ya contaban con la final: promociones radiales que hacía ver a “Tigre” como un simple gatito, trabajadores pensando en que el día de la final no podrían ir al estadio, y la cuenta de los torneos a los que el equipo asistiría una vez alzara el trofeo.

Pero una vez más la historia demostraría que los partidos hay que jugarlos, y Millonarios, no sé si presa del miedo, la presión, o la sobradez, hizo un partido que no estuvo acorde a las expectativas, y si bien no perdió, quedó eliminado por el equipo que marcha penúltimo en la liga de Argentina. Una vez más, la gloria era esquiva, como lo fue en 2007 cuando se llegó a esa misma instancia.

En el fútbol a nivel Colombia ha pasado mucho eso, y es que Colombia es experta en semifinales y finales perdidas. En 1978, Deportivo Cali llegó a una final de Copa Libertadores, y la perdió, como lo hizo en el 99; América hizo lo propio 3 veces consecutivas (1985, 86, 87 y 96), Nacional 1 vez en el 95, y si bien se han ganado 2 títulos, ambos fueron sufriendo mucho. A nivel selección quedamos en semifinal de Copa Confederaciones en 2003, de Copa América en 1987, 91, 93, 95 y 2004, y subcampeones en 1975 contra la otrora poderosa Perú.

Y no solo pasa en los deportes, en tanto que este país contó 3 veces consecutivas con virreina en Miss Universo, tuvimos (jocosamente) el título (inventado) del “segundo himno nacional del mundo”, somos el segundo país más feliz del mundo, y somos el único país que “casi” hace un mundial de fútbol. Como ven, ni siquiera somos primeros en nuestros propios inventos.

Como dicen las mamás, “el casi no vale”. Será una cuestión de mentalidad? Casi que podría tener una respuesta… 

sábado, 1 de diciembre de 2012

América sigue en la B, ¿por cuánto tiempo?



América de Cali sucumbió ante Alianza Petrolera, equipo que originalmente jugó en Barrancabermeja, pero pasó a tierras antioqueñas como filial de Atlético Nacional. En el último mes este equipo venció al de Cali en 3 de 4 oportunidades. Si el equipo de Cali no gana la promoción a Cúcuta Deportivo, tendrá que pasar otra amarga temporada en la categoría B, acompañando una vez más a equipos tradicionales como Bucaramanga, Unión Magdalena o Pereira, quienes ojalá algún día vuelvan a la A.

Varios hechos curiosos: América cada vez que ve un uniforme amarillo con negro debe sentir miedo, en tanto que Alianza Petrolera viste esos colores, y además, los más memoriosos se remontarán a la noche del 31 de Octubre 1987, donde el jugador de Peñarol de apellido Aguirre, aprovecharía un error del defensa Álvaro Aponte en el último minuto de un partido de desempate y acabaría el sueño de una Copa Libertadores para Colombia, título que todos en el país celebraban, pero como tantas cosas en Colombia, terminaría en decepción, por tercera vez consecutiva para los hinchas escarlatas.

Los penaltis nunca han sido el fuerte del América. En 1985 sería el primer recuerdo de estas definiciones, cuando Antony De Ávila desperdiciaría un penal ante Argentinos Juniors en la final de la Copa Libertadores de ese año, o cuando James Cardona erraría uno en la final del 96 ante River, y más aún cuando Jairo Castillo errrara el que significaría el descenso de un histórico.

Se extrañan los partidos Millonarios - América, Cali - América, Nacional -América, entre otros, pero parecen un lejano recuerdo las épocas en las que en las nóminas escarlatas desfilaban nombres como Gareca, Cabañas, De Ávila, Falcioni, entre otros tantos jugadores exitosos, así como parecen lejanas las gestas en las que ese equipo paseaba las canchas del continente, o cuando salía el comercial de "Dale rojo dale" del patrocinador "Colombiana" antes de los juegos de la Copa Libertadores del 88. El presente de ese equipo lastimosamente está signado por definiciones por penaltis ante rivales con menos historia, pero con mayor puntería.

Finalmente, y como dato estadístico, en lo que llevo vivo, la mayor goleada que he visto en la categoría A del fútbol colombiano, fue un América 9 - Cúcuta 0, a principio de los 90's, aunque esa estadística será solo una anécdota cuando se juegue la promoción.