Los otros niños lloraban, pero yo
me refugiaba en mi lonchera de “Plaza Sesamo” y en las paredes pintadas con
dibujos de “Los pitufos”. Si bien el colegio quedaba cerca a mi casa, no dejaba
de ser traumático el hecho de abandonar mis juguetes y la televisión. El primer
día de clase es un momento que cambia la vida, y tal vez ningún niño está
preparado para la ocasión.
No es fácil estar en un contexto
abarrotado de desconocidos, y mucho menos cuando se es tímido. Algunos pueden
tener la ventaja de compartir colegio con sus hermanos o primos. Yo tenía la
ventaja de tener como compañero al hijo de una familia amiga de mis papás. Eso
hacía un poco más llevadero el asunto.
Esos primeros días son muy
largos. No es fácil extrañar la casa. Era muy distinto tener que pedirle el
favor a la profesora que destapara un yogurth a que lo hiciera mamá. Tampoco
era fácil encontrar el baño, y mucho menos tomar un lápiz y escribir letras
medianamente legibles en hojas de papel amarillo con líneas de ferrocarril y márgenes
rojas, donde el fracaso y la frustración comenzaban a asomar al ritmo de un “Mala
letra”, pérfido fantasma que aún me atormenta al sol de hoy.
La hora del recreo claramente era
la más entretenida. En esas épocas no era “políticamente incorrecto” comer
tierra, ni uno se enfermaba por morder los juguetes. Cualquier pelota rota era
un balón profesional y un par de loncheras eran perfectas para la portería de
fútbol. La lonchera de los niños a veces tenía frutas, pero en la mía siempre
había un sándwich. La gaseosa no era muy bienvenida, no porque fuera prohibida,
sino porque por alguna razón los termos no la resistían y al pasar de la
lonchera se iba desprendiendo líquido procedente de una Coca Cola o una Pony
Malta. Tener que pedirle a la maestra que lavara la lonchera era un trauma,
como si no fuese suficiente con perder la gaseosa.
Los libros “Coquito” y “Nacho
lee” fueron los compañeros inseparables. “Mi mamá me mima”, “Mi gato mueve la
cola” o “Paco quema la casa” eran las frases de batalla para aprender a leer. El
reto máximo era cuando la maestra decía la palabra “Dictado”, y ahí comenzaba
la contrarreloj de escribir palabras al ritmo de la voz de la profesora. Por lo
general el asunto salía bien, pero ante la rotura de la mina del lápiz, o la
dificultad de escribir una palabra esdrújula, la estrategia se venía abajo.
En el curso siempre podían
encontrarse la niña bonita, el sujeto latoso, el niño tímido, y el presumido. Por
lo general uno termina siendo el amigo del que uno menos cree. Nunca se me
olvidará que mi mejor amigo en toda la primaria fue un niño al que
accidentalmente le rompí una caja de colores. Los niños afortunadamente son más
humildes que los adultos y perdonan y olvidan fácil.
Siempre serán clásicas las frases
“Tomen distancia”, “¡A formar!” o “Ya llegaron por ti”, así como las tan
recordadas de las izadas de bandera: “1. Himno Nacional”, “4. Estudiantes que
por sus méritos académicos merecen izar el pabellón nacional”, o “6. Marcha
final”. Tampoco se olvidan los castigos colectivos, cuando todo el curso se
portaba mal, y se pagaba con el recreo, un costo muy alto.
El día de la clausura es el final
de la aventura. Los niños se quieren lucir ante sus padres, mientras otros
optamos por hacer monerías involuntarias (como fue contado en el artículo
“Adulto menor”). Al final, todos contentos recibimos nuestro diploma y un
juguete como premio por habernos sabido comportar. Era un gran triunfo aprender
a leer y a escribir, pero aún no sabíamos valorar la grandeza de esa hazaña.
Vendría un nuevo año, donde todos podríamos poner eso a prueba. Por ahora,
marcha final.
Me gustó mucho! claro que sus días si fueron muy diferentes a los míos (por una década diría yo) jajaja, muy buen artículo
ResponderEliminarGracias por leerlo, Camilo! No creo que hayan sido taaaan diferentes! Un abrazo!
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