lunes, 18 de julio de 2016

En un hecho de intolerancia

Se habla mucho de la paz en estos tiempos, y eso es bueno. Es curioso que se hable en una época en que es muy evidente que el odio manda en la sociedad. Los noticieros muestran todos los días “hechos de intolerancia”, hay países que quieren cerrar sus puertas en vez de abrir de abrirlas, y se desatan conflictos por creencias religiosas, políticas, y hasta futbolísticas.

Tal vez las redes sociales sean un combustible para que todo esto se presente. Nunca antes se había tenido una vitrina democrática para demostrar los amores y odios de cada quién, y es que solo basta hacer un comentario para que un contradictor lo responda de manera descarnada y muchas veces soez. Se pierde el derecho de estar en desacuerdo, de disentir, de exponer opiniones contrarias. “Si no piensas igual a mí, eres mi enemigo” es lo que uno podría interpretar muchas veces.

Siempre me ha llamado la atención la gente que pelea por política, o peor aún, por políticos. A veces se presencian unas fuertes batallas verbales por gente que nunca meterá las manos al fuego por quien lo defiende con vehemencia en las redes. Y muy seguramente aquellos políticos con el tiempo serán aliados de su actual opositor, o se tomarán un café riéndose de lo crédulos que son sus defensores de oficio sin oficio.

Pasa en los deportes también, no solo con las peleas por los colores (parecidas a las políticas), sino esa sensación de delegar en los deportistas nuestras propias frustraciones. Ellos tienen que ganar para que yo me sienta ganador, pero si pierden, es como si negaran mi alegría, razón para voltearles la espalda. Como se ama, se odia. Nuestra incondicionalidad es efímera.

No se tiene tampoco tolerancia por quien falla. Esta nueva sociedad de redes sociales nos demuestra que nadie tiene derecho a fallar. Nadie puede cometer un error minúsculo, porque de inmediato esta persona es condenada en las redes sociales. A veces un error ortográfico puede recibir una condena social mayor a la de un asesino.

La tolerancia por la vida de los demás es escasa. Se encasilla al que se aficiona a algo, al que le gusta un determinado tipo de música, al que tiene determinada inclinación sexual, política o ideológica. Somos implacables y felices juzgando. Si no es como uno, no es normal. Aunque, realmente, ¿para qué ser normal? Uno aprende de lo diferente.

Incluso, en nuestra vida diaria, a veces nos molestamos sin razón con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos o nuestros hijos. En no pocas ocasiones los problemas o frustraciones de la vida diaria se descargan injustamente en ellos, sobre todo si ellos son los que están con nosotros en los momentos difíciles, y no los políticos, deportistas, y demás.


Y muchas de estas actitudes pueden provenir de la escasa tolerancia que uno puede tener con su propia persona. Tal vez haya miembros de la sociedad con tal carga de furia y frustración acumulada con su propia vida, que encuentren en esta etapa de la historia, más democrática que las anteriores, una vía de escape y una manera de desfogar las emociones, que lastimosamente, lleva más de una vez a que haya un hecho de intolerancia.