domingo, 16 de febrero de 2014

La vida en frecuencia modulada

Los que pertenecemos a las últimas generaciones del siglo pasado (sí, no suena muy alentador) tuvimos gran afinidad con las emisoras de radio. Las escuchábamos en nuestro bus escolar, cuando hacíamos las tareas, o cuando trasnochábamos estudiando para algún examen. No teníamos Youtube, pero esperábamos la voz de Andrés Nieto, de Alejandro Villalobos o de Hernando Romero Barliza anunciando nuestra canción favorita. Claro está que no teníamos la opción de escucharla muchas veces seguidas volviendo a poner play, sino que teníamos que esperar varias horas para que volviera a sonar en la programación, o ir a comprar el CD o el cassette.
   
Muchos asocian el principio de la radio juvenil masiva con el gran esfuerzo de Fernando Pava Camelo, de familia ligada al Partido Conservador, quien “desafiando” de alguna manera a su familia (dueña de la Cadena “Súper”) logró fundar una emisora en la frecuencia 88.9 de Bogotá. Si bien ya había intentos de radio de corte juvenil (las emisoras de la mal llamada “música para planchar”,  la música “disco” en Radio Tequendama, o la lastimosamente extinta y muy grande “Caracol stereo”, con Enrique París y Otto Greiffestein, que sonaba música en inglés), 88.9 (llamada “Súper stereo” en sus primeros años) llegó a calar dentro del gusto juvenil con programas como “Los 20 súper éxitos”, “American Top 40” o “El zoológico de la mañana”, y al parecer, desde que Fernando Pava sonó la canción “Respirando” del dúo argentino “Bárbara y Dick” en Marzo de 1982, se sabía que ese modelo de emisora podía ser exitoso.

El momento de gloria de la radio juvenil vino a finales de los 80’s, cuando 88.9 tenía sus programas plenamente consolidados y contaba con disc Jockeys como Alejandro Villalobos, Andrés Nieto, Jorge Marín o Tito López. A diferencia de las otras emisoras, el oyente realmente tenía “sentido de pertenencia” con 88.9, porque además de darle la oportunidad de programar sus canciones favoritas, también recibía regalos, o la oportunidad de ver en vivo a sus artistas favoritos, lo que para la época no era poca cosa. Adicionalmente en ese momento se vivió lo que se dio en llamar “El boom del rock en español”, lo que hizo aún más popular la emisora.

Muchos recordarán personajes como “Don Fulgencio” (que era un amargado señor interpretado por Villalobos en una época, después por Jorge Marín – ambos ayudados de una herramienta que distorsionaba la voz), el álbum de 88.9, el emocionante intro de “Welcome to the jungle” en el concierto de “Guns ‘n’ Roses en 1992, o la rabia con la que el argentino Miguel Mateos cantó a las 5 de la mañana del 18 de Septiembre de 1988 en el “Concierto de Conciertos”. La radio nos envolvió en su mundo, tanto así que muchos de los estudiantes de la época camuflaban su walkman o su discman en clase para poder escuchar las ocurrencias de los locutores de la época, que si bien a decir verdad no eran tan divertidas, pero distaban mucho de los contenidos vulgares y de doble sentido que se hacen presentes en las distintas emisoras en la actualidad. 88.9 llegó a ser tan importante, que hasta tuvo su propia tienda de suvenires en la carrera 15 de Bogotá.

En los años 90’s aparecieron otras alternativas de radio juvenil como “Radioactiva” o “La Mega”, así como la consolidación de “Todelar stereo” (posteriormente llamada “La X”). La primera tuvo hitos importantes como “La Locomotora” (su programa matinal con Alejandro Villalobos, Gabriel De las Casas, “Papuchis”, entre otros) y años después la versión radial de “la Tele”, el exitoso programa de televisión donde Martín de Francisco y Santiago Moure marcaron una época. Todas estas emisoras contaban con patrocinios de marcas importantes para la época, como “Presto”, “Charlie’s Roastbeef”, “Azúcar” o “Jeans and Jackets”, casi todas un ejercicio de nostalgia en la actualidad, como lo son las famosas “Minitecas”, donde presenciábamos una fiera competencia entre “The Best” (de Villalobos – La Mega) y “New Concept” (de Casale – Radioactiva) por ver cuál estaba presente en más “proms”.

A finales de los 90’s y principio de siglo varias de estas emisoras fueron cambiando de formato conforme su público iba creciendo y las tendencias cambiaban. “Radioactiva” pasó de ser una emisora crossover (donde en la misma hora sonaba “Soda stereo”, “The Police” y “Sandy y Papo”) a una emisora netamente de rock; “La Mega” se especializó en los ritmos juveniles actuales (de cada época); “La X” tuvo una migración hacia una radio no hablada donde predominaba la música de los 80’s, antes de llegar a un formato hablado y con énfasis en música nueva. Por su parte 88.9 terminó sus días en el dial en el 2005 siendo una leve sombra de lo que alguna vez fue, con sus programas estrella, pero sin el impacto que tuvo en los 80’s. Desde luego, hubo alternativas como “99.1” (ahora llamada “Señal Radiónica”) con canciones no tan comerciales, y emisoras como “Laúd” (de la Universidad Distrital) y “Vibra” (antigua “Acuario stereo) enfocadas a la música en español. Otros oyentes (dentro de los que me incluyo) fuimos migrando hacia las radios de género “Adulto contemporáneo” (La FM y Caracol stereo) o la radio hablada. El siglo y la generación habían cambiado.

Lejos quedan los tiempos en que nos sentábamos a escuchar si nuestra canción favorita se mantenía en los listados, en que esperábamos contestar una pregunta para ganar un CD de “Máquina Total” o “Lo más disco”, o en que queríamos que llevaran al artista más exitoso a la miniteca de nuestro colegio. Ni idea si las nuevas generaciones le han desarrollado gusto a la radio. Ojalá algún día nos cuenten esa historia., aunque seguramente tendrá que ver más con nombres como Youtube, Spotify o Grooveshark, que con “El Capi”, “Papuchis” y “Don Fulgencio”.

Una pequeña pausa y regresamos con más.


miércoles, 12 de febrero de 2014

Dame la L de Leyenda

La ceremonia comenzaba en la noche de cada Domingo de finales de los 80’s. Fueron tiempos violentos en Colombia, pero las familias encontraban escape a la realidad mientras veían “El Programa del millón”, un programa de concursos donde los participantes tenían que adivinar palabras y completar frases. Para encontrar las palabras debían seleccionar letras y a partir de ahí el concursante podía arriesgarse a ganar el premio completando una frase, por lo general de 2 o 3 renglones. El programa, que duraba entre una hora y hora y media, era muy entretenido porque tuvo un carismático presentador llamado Fernando González Pacheco, español de nacimiento, pero colombiano como nadie.

Pacheco, como lo conocíamos todos, fue siempre parte de nuestras familias. Todas las generaciones tuvieron que ver con sus concursos, sus historias, sus entrevistas y sus locuras. Hincha acérrimo de su “Santafecito lindo” (como él mismo lo bautizó) y fanático de los toros; hombre muy elegante y  amigo de todos, incluyendo de Jota Mario Valencia, a quien en sus concursos llamaba “el bobito”. Nadie podía hablar mal de él, en tanto que su profesionalismo y su don de gentes siempre dejaron su nombre en alto.

Fue una leyenda viva de la televisión desde sus inicios, aprovechando la oportunidad que le dio uno de los dueños de la extinta programadora “Punch” (sí, la misma de “Vuelo secreto” e “Imagínate”). A partir de ahí tuvo una carrera televisiva muy prolífica, como el primer animador de lo que conocemos ahora como “Sábados felices”, “Animalandia”, o “Sabariedades”, que contaba con la compañía de otro icono de la cultura popular colombiana, como lo es Carlos “el gordo” Benjumea.

Ya en lo que compete a la generación de los 80’s, lo vimos como animador en programas como “Compre la orquesta” (formato que utilizó en varios programas posteriormente) donde aprendimos los sonidos de los instrumentos musicales, a medir nuestra precisión en el canto en “Caiga en la nota”, además de frases como “¡Le hago sonar toda la orquesta a nombre de la abejita Conavi!”. Por esa misma época, presentaba también “Siga la pista”, que contaba con el patrocinio de la desaparecida empresa de ventas de electrodomésticos “J Glotmann” en la sección “Pare o siga con Glotmann”.

A finales de los 80’s llegó “El Programa del millón”, ya mencionado al principio, pero uno de los más recordados. Muchos recordamos con furia cuando en la parte final del programa (en la que jugaba el televidente), nos sabíamos el “santo y seña” pero nunca nos llamaban, así como recordábamos con alegría las ediciones del programa en las que participaban los niños, y en las que el Gran Pacheco se disfrazaba de punkero, o de Tío Rico. Siempre salía con algo ingenioso.

Posteriormente hizo varios programas más de concurso, como “Los tres a las seis” (con Doña Gloria Valencia de Castaño y Jota Mario Valencia), “Quiere Cacao” (un remix de ““El Programa del millón” y “Compre la orquesta”), “Exitosos” (un programa musical) y “La bella y la bestia” (con la vedette criolla Lady Noriega). Todos estos programas fueron en los años 90’s, en los que se marcó la transición a la televisión satelital, y donde los concursos ya comenzaban a verse desterrados de la parrilla televisiva.

Paralelamente a su carrera como animador y presentador, Pacheco tuvo una faceta fascinante como entrevistador en su programa “Charlas con Pacheco”. Por ese espacio desfilaron tanto figuras de la vida nacional, como héroes anónimos de las calles, pero con la calidez como denominador común. Parecían charlas entre amigos, sin ningún tipo de presión, ni ínfulas de grandeza. Los egos nunca se hicieron presentes en sus entrevistas, porque él nunca lo permitió. En la red se pueden recordar entrevistas legendarias como la que le hizo a Luis Carlos Galán antes de morir, o a Jaime Garzón.

Lo vimos también como actor en novelas como “Música maestro” e “Isabel me la veló”, y en la última década en espacios de variedades como “Tres puntos aparte” (con Adriana Arango y Martín de Francisco) o en segmentos de “Día a día” de Caracol Televisión, marcando así su paulatina desaparición de la caja mágica. A partir de ahí, todos comenzamos a preguntarnos por su salud, por su estado mental, o por su soledad. Su muerte o su delicado estado de salud se rumoraron muchas veces, pero quedábamos tranquilos porque eran falsas alarmas.

El 11 de Febrero de 2014 se fue esa leyenda viva, ese familiar que nunca conocimos personalmente, pero que siempre nos acompañó. Se fue de esta vida, donde todos los demás, con tristeza por su pérdida, seguimos concursando.

¡Las letras!


G R _ C I _  S  P _ C H E C O!!!!

sábado, 8 de febrero de 2014

Adrenalina laboral

Mucha gente busca los deportes extremos para sentirse vivo. Escalar, lanzarse en un paracaídas, entre otras experiencias, son utilizadas por muchos para romper la rutina y tener algo de emoción, ignorando que el día a día laboral también cuenta con situaciones que generan emociones tanto o más fuertes que un día en un parque de aventuras.

Muchos tienen que enfrentarse a complejas situaciones desde el mismo inicio de la jornada. Los empleados que cumplen horarios pueden dar fe de la amargura que lleva consigo el llegar tarde al trabajo, y más si se tiene un jefe estricto. Puede ser que se haya presentado alguna dificultad familiar o que el transporte fue escaso ese día, pero ninguna excusa vale. Todas las peripecias para llegar, sumadas a la tensión de la premura de tiempo, no importan a la hora de confrontar al jefe, quien desde luego, y haciendo uso de su autoridad, sellan la confrontación con un llamado de atención que calienta la sangre y baja la moral de nuestro trabajador promedio.

Ya en la oficina, suele ocurrir que cuando el trabajador está más apurado por entregar algún trabajo, el programa que se está utilizando deja de funcionar. Se traba el sistema, la pantalla se torna blanca, y recordamos con furia a toda la familia de Bill y Melinda Gates, mientras esperamos con paciencia que el inconveniente pase, pero con la impotencia de saber que la última vez que le dimos “Guardar” al documento fue hace 20 minutos e hicimos muchos cambios. La solución casi siempre es la misma, y pasa por responder la pregunta “¿Desea cerrar este programa?”, donde el “Sí” es sinónimo de haber “dejado todo en la cancha” infructuosamente.

Cuando se trabaja con clientes, la adrenalina laboral alcanza nuevos niveles. Cada correo debe ser escrito con las palabras adecuadas, muy sutilmente, y siempre tratando de proveer una respuesta amable y coherente a las dudas, en tanto que cualquier palabra con el tono equivocado o fuera de contexto, puede ser fatal. Pueden pasar fiascos como omitir “copiar” en el correo a una de las personas importantes de la empresa cliente, o terminar copiando a una persona de otra empresa con un nombre parecido (a Ricardo Paz, por ejemplo). Si quien lo envía no se da cuenta, puede esperar un llamado de atención de su jefe, pero si se da cuenta, comienzan a subir las pulsaciones desesperadamente al tratar de buscar la opción “recuperar mensaje” en la herramienta “Outlook”, cuyo resultado más feliz es sin duda cuando se lee en la pantalla “El mensaje ha sido recuperado”, lo que ocurre en un pequeño porcentaje de los casos.

Más fracasos en el envío de correos ocurren cuando se adjunta el archivo equivocado o simplemente no se adjunta. Es frustrante trabajar tanto tiempo en un archivo y olvidar lo más importante. Pasa que uno se va tranquilo a casa, pero el sosiego se interrumpe cuando el jefe llama diciendo “¡El cliente dice que nunca le llegó el archivo!”. Media vuelta y regresar.

El peor de los casos en el envío de correos es cuando duda de si envió algo o no, y más si es un viernes. La tensión dura todo el fin de semana con la incertidumbre de si se adjuntó el archivo o no, o de si el correo finalmente salió de la bandeja de entrada. Como siempre, hay dos resultados posibles: 1. Tranquilidad el lunes cuando todo se envió bien; 2. Rabia y frustración de haber fracasado en el envío de un correo.

A veces ocurre que la tecnología se ensaña con uno, particularmente las fotocopiadoras. Puede haber 20 fotocopiadoras en la oficina, pero cuando el jefe pide algo urgente, a todas les va a faltar papel, o estarán trabadas. La ley de Murphy en versión impresa, en una copiadora que se arregla sola cuando la siguiente persona va a imprimir.

No mucha gente se aprende fácilmente las extensiones telefónicas. La adrenalina aparece cuando uno va a marcar alguna extensión, y precisamente es similar a la del Presidente de la compañía (o el jefe, o alguien con quien usted no quiere hablar). Cuando uno comete el error, y ve que en el teléfono aparece el nombre de esa persona con la que no se desea hablar, instintivamente y a una velocidad felina, uno busca cualquier botón para que no salga la llamada. El susto pasa rápido, pero el latido del corazón sigue revolucionado por un tiempo más.

Hay muchas más historias de adrenalina laboral que serán contadas en otra oportunidad, porque tendrán que esperar, en tanto que está saliendo un letrero en mi pantalla que dice “¿Está seguro que desea cerrar el programa? Perderá todos los cambios.”


Aceptar.