El comienzo de esa historia se remonta al
momento en que cursé primero de primaria. Un día a mediados de aquel año falté a
una jornada de clases, y fue tal vez la primera vez que esto ocurría en mi
corta por ese entonces vida estudiantil, pero igual, esta falla tenía una causa
plenamente justificable.
Al otro día de esta
“jornada de asueto”, mi maestra me pregunta:
-
¿Y porqué no viniste a clase ayer?
A lo cual yo
respondí algo aturdido:
-
Tuve un fuerte dolor de cabeza,
que al parecer fue fiebre.
Esa fiebre tenía
una explicación debido a que el día anterior, me encontraba con mi hermano
haciendo una larga fila para pagar un recibo de luz. El calor fue muy intenso
esa tarde de lunes, y eso sumado a la lentitud con la cual se movía esa fila,
hizo que mi cuerpo se debilitara y que al otro día sufriera las consecuencias
de un trámite muy aburridor y muy común en este país: Las “colas”.
Tal vez este es uno
de los pocos países del mundo donde se necesita hacer fila para cualquier
trámite por simple que sea. No creo que en países más desarrollados se tenga
que hacer fila para asuntos tan extraños como para entrar a un restaurante o
para pagar por los errores de la burocracia local. En fin, en estos casos sale
a relucir la ineficiencia inherente a la gran mayoría de entidades nacionales.
Y es que por donde
quiera que uno camina se ven extensas filas. Para pagar cualquier tipo de
servicio hay que disponer de una mañana completa y de un buen grado de
paciencia. No basta con llevar la documentación completa y la mejor voluntad,
porque al pasar de los minutos serán evidentes situaciones como el sujeto que
intenta colarse, como el vigilante que arbitraria y groseramente trata de
“organizar” la fila, o de ver que de las tres cajas que existen sólo están dos
habilitadas, y que sus respectivos funcionarios están conversando o “haciendo
visita” sin tener en cuenta que todas las personas que hacen la fila necesitan
ese valioso tiempo para producir para sus respectivas empresas y familias.
Un lugar muy
recurrente para ver filas es el banco. De entrada, los vigilantes de estas
instituciones (no todos, aclaro) obstruyen la entrada, preguntan tonterías y
además olvidan que son los clientes los que sostienen el funcionamiento del
banco, y que adicional a eso pagan el salario de ese personaje. Tal vez la
parte donde la furia del cliente se hace evidente es cuando dice” Yo sólo
obedezco ordenes”. En este lugar también ocurre algo parecido a lo descrito
anteriormente en el caso de los servicios públicos, en el sentido de tener una
buena cantidad de cajas disponibles y una cantidad inmensamente inferior de
gente atendiendo. Tal vez la única manera de pasar el tiempo es hacerle visita
a quien va adelante en la fila, pero la paciencia se termina cuando el juvenil
cajero o asesor le dice al cliente: “Le falta una firma. Sin esa firma no
podemos hacer nada”. El resultado, aparte del dolor de cabeza y la frustración,
son dos mañanas perdidas.
Basta con salir a
caminar en un día cualquiera y contar la cantidad de filas que se hacen. Si es
por la mañana, uno se puede encontrar con la gente de la tercera edad haciendo
fila para cobrar su pensión o para pagar sus servicios públicos en una entidad
financiera, incluso, algunos comienzan a hacer fila a las 6 de la mañana en un
local que abre a las 8. Falta de oficio o simplemente hiperactividad, pero a la
gente de la tercera edad parece que sí le gusta hacer cola, o tal vez el
trámite injustamente se lo exige.
Después de ver eso,
paso por un paradero de colectivos a las 7:30 de la mañana. Encontré alrededor
de 30 personas alineadas para obtener uno de los 12 puestos con los que cuenta
este medio de transporte. Se completa el cupo y las personas que no alcanzaron
a tomar ese transporte tienen que esperar un poco más para que pase otro con
las mismas características. En esa situación no se puede observar ninguna cara
placentera. Y eso que no quiero hablar de los portales de Transmilenio.
Ya a las 10 de la
mañana, unos niños se estacionan en el parque al terminar el recreo. En ese
instante, su profesora los manda formar para dirigirse de nuevo a su colegio.
En algunos casos, los maestros son lo suficientemente rígidos para buscar que
la fila sea plenamente recta.
En otro sector de
la ciudad se ve mucha gente haciendo interminables filas en busca de una oportunidad
de empleo. Bastantes personas salen decepcionadas al ver que madrugaron
motivadas y finalmente se encuentran con timo. También se pueden ver filas en
las embajadas en busca de una cita para pedir una visa, y en las oficinas de
reclamos de muchos entes distritales.
En esa misma
mañana, no es raro encontrarse con promociones en los supermercados. Sea “Días
de rebaja”, “Martes de naranjas”, o la promoción que sea, el consumidor sabe
que el dinero que ahorra ese día, lo puede utilizar después, así que soportar
una larga cola es un bajo costo con respecto al beneficio.
Al mediodía existen
filas para poder almorzar en algunos restaurantes, cosa que puede resultar
graciosa pero verídica. También colas en los trámites que cierran para salir a
almorzar, y colas en las salidas de los parqueaderos.
Al final del día se
repite la cola para el transporte masivo, sólo que la paciencia es menor. Colas
en las universidades para usar un computador después de clases, y muchas más
colas en los supermercados.
Los fines de semana
son idóneos para las colas. Las colas para ir a cine son enormes a la
vespertina, la cola para ir a un bar esperando que el gendarme de turno revise
si usted puede ser persona grata y de buen consumo, y la cola para ir al
estadio en un partido importante, cola que puede durar un largo tiempo.
En fin, esas son
algunas de las colas más importantes, algunas justificadas, otras solamente
manchadas con un desagradable tinte burocrático. Afortunadamente aún no tenemos
que hacer cola para respirar (aunque ya casi), ni tenemos que hacer cola para
muchas de las mejores cosas de la vida.
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