lunes, 24 de diciembre de 2012

¿A cuántas cuotas?





-          -        ¿A cuántas cuotas?
-         -         24, por favor.

Sin duda ustedes habrán escuchado más de una vez esta conversación. A muchos escandaliza, pero otros consideran que de ese modo no se sienten las deudas, sin importar que van a tener que pagar mucho más por el bien que compraron. Algunos prefieren pagar de contado, pero otros quieren pagar mucho después. Respetable, pero discutible. El colombiano suele vivir al debe, y eso no es ningún secreto.

Si ustedes miran a sus compañeros de trabajo, familiares, vecinos, o amigos, pueden ver que las deudas los agobian, que tienen sobregiradas las 5 tarjetas de crédito con las que cuentan, que no alcanza el dinero para pagar la cuota del ostentoso auto que solo usan 2 veces por semana, y que el día de pago está lejano. Es común escuchar el día después del pago que “el dinero se fue como llegó”. Alardean de tener los últimos teléfonos, un carro nuevo, y la tecnología más reciente, pero si se llegan a aburrir de sus trabajos, muy seguramente no van a tener la libertad y la posibilidad de renunciar, todo debido a que aún se debe todo lo que se compró. Y es que las deudas están presentes todo el año, y se convierten en un círculo vicioso para el trabajador colombiano. A veces parece que deja de ser una cuestión de disciplina y educación financiera, y pasa a ser algo endémico, inherente a la vida del trabajador.

Hay varias épocas en el año donde el colombiano, sin importar su nivel socioeconómico, está sobregirado. La primera del año es en Enero. Pocos se alcanzan a reponer de la resaca de la Navidad, cuando empieza la temporada escolar, y a los niños les piden desde “cuaderno ferrocarril debidamente marcado y forrado con color azul”, hasta “papel higiénico cortado en cuadritos” o “uniforme de karate”, entre otras excentricidades. Como muchos ya no tienen el “comodín” que representaba la “prima” de Navidad por haber gastado desenfrenadamente en el fin de año para demostrarle a otros quién es el “duro”, pues toca recurrir a pedir prestado a un hermano, padre, tío, vecino, o a reciclar útiles del año anterior, porque un tajalápiz no se gasta en un año.

Febrero, el mes para recordar el “gaste en Diciembre y pague dentro de dos meses”. Se había gastado en Diciembre, se había endeudado también, y aparte debe los libros de Enero. Es ahí donde empiezan a recordar las fiestas con montones de invitados, los copiosos buñuelos, y las cantidades diluvianas de aguardiente. Desde luego, también se recuerda el TV de 60 pulgadas comprado a cuotas, porque “el vecino tiene uno de 46, y yo debía tener uno mejor”.

Marzo, mes de la semana Santa. “Me aburrí de Melgar, así que nos vamos a Cartagena, que es más caro que ir al extranjero, pero puedo poner en el Face: “@Cartagena” o “I’m at Rafael Nunez International Airport” (cosa que realmente a nadie le importa). Igual, pedí un crédito en el Fondo de Empleados”.

Hay fechas que los gremios de comerciantes han inventado para aflojar el dinero de nuestros bolsillos y porque suelen ser meses débiles en ventas.: en Abril el “día del niño”, en Septiembre el día del “amor y la amistad”, y ahora en Marzo el recientemente creado “día del amigo”. El comercio y la publicidad conspiran contra el trabajador, aunque este no suele hacer nada para evitarlo. Desde luego, mientras se acumulan todas esas deudas, los recibos y las cuotas de administración e impuestos siguen andando. Las vacaciones de mitad de año tampoco ayudan mucho a que estas personas tengan algo de ahorro, y mucho menos los lanzamientos de nuevas tecnologías, porque “si todo el mundo lo tiene, yo lo debo tener”.

Diciembre es el mes clásico del derroche, del desenfreno. Desde el centro comercial más ostentoso, hasta el más humilde vendedor ambulante tiene fiel y distinguida clientela. Hay que gastar, el comercio nos dice que debemos comprar, que solo seremos felices si tenemos ese TV o esa consola de videojuegos, el banco nos dice que no nos preocupemos, que podemos pagar después, el niño dice que solo me respetará si le compro ese moderno juguete. ¿De dónde saco el dinero?  En este momento no importa, ¡igual con la tarjeta de crédito puedo pagar después!

-         -         Señorita. Me llevo todo esto.
-         -        ¿A cuántas cuotas?
-         -         24, por favor.



1 comentario:

  1. Lo primero que pensé a medida que iba leyendo el artículo fue "menos mal siempre he ahorrado dinero".

    Yo estoy rodeada de gente compulsiva, que no sabe manejar el dinero y que se han visto a gatas muchas veces con los gastos y las facturas. Es de locos...

    Sin embargo, cuando terminé de leer el artículo sentí como si, en vez de generar consciencia sobre la importancia del ahorro y el gasto responsable, hubieras hecho un reproche por las vacaciones y la consola de videojuegos.

    No quiero pensar que eres de ese tipo de personas que le da igual los regalos de cumpleaños y que se vuelve un grinch en navidad...

    Y dejo el comentario con puntos suspensivos porque, al leer el artículo, me pregunté eso y no encontré respuesta.

    El punto es, yo estoy de acuerdo con que tiene que haber un uso responsable de las tarjetas, del endeudamiento y sobretodo un sentido del ahorro tan básico como saber que todos los días hay que lavarse los dientes... más en un país como este cuya economía es volatil y en donde cosas como la pensión no están aseguradas a pesar de cotizar para obtener una.

    Finalmente, no creo que todos vivamos en competencia por las cosas... eso de que si el vecino lo tiene yo también... no sé si es porque yo no me relaciono con los vecinos pero no lo veo así y aún cuando entre mis tios pueda darse algún tipo de competencia, no creo que eso sea decisivo al tomar decisiones del tipo "que compraré esta navidad" o "a donde me iré de viaje".

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