sábado, 1 de noviembre de 2014

Cínico Cinismo

“A Brasil le metieron 7 y ahí están”. La frase la dijo el ex técnico español de Millonarios, Juan Manuel Lillo, después de que el equipo perdiera 5 -0 contra Atlético Nacional, uno de sus mayores rivales y con quien comparte ser el que más títulos ganados tiene en la liga colombiana. Esa frase cayó muy mal ante los hinchas del equipo de Bogotá, en tanto que el entrenador ibérico no parecía preocupado por el muy bajo rendimiento de su equipo en la cancha, ante su histórico rival.

El cinismo es parte de la vida diaria en nuestra realidad. Se hacen y se dicen muchas cosas que son escandalosas por lo que significan y por la manera en que se dicen. La sociedad cada vez se conmueve menos y tiende a aceptar esto como una parte de la cultura.

En los buses, y ahora en los articulados de Transmilenio, hay gente con diversas necesidades que pide dinero. Algunos venden cosas, otros improvisan frases de rap que no riman, pero también hay otros que simplemente, y de la manera más descarada y fresca, piden y ya. “Colabórenme porque tengo que pagar el arriendo” es una frase recurrente que dicen personas que no pasan de 50 años para pedir dinero en los medios de transporte, y lo hacen sin siquiera aprenderse un poema o cantar mal la estrofa de una canción. Es decir, ¿el usuario de bus aparte tiene que pagar el arriendo de otro porque sí, sin que esa persona haga el menor esfuerzo? Pasados y descarados.

La política es un caldo de cultivo para actos cínicos. El “fue a mis espaldas” del Presidente Ernesto Samper Pizano entre 1994 y 1998 fue una prueba de ello. Todos vieron enorme corrupción y dinero mafioso en su campaña presidencial, menos él. Ahora, irónicamente, pontifica sobre políticas antidroga. Ni hablar del “cohecho de uno” de Yidis Medina para poder cambiar la Constitución en favor de la reelección de Álvaro Uribe Vélez, o del descaro de políticos y contratistas que saquearon la capital del país y realizan fiestas ostentosas en sus sitios de reclusión.

Las calles también dan muestras de cinismo. El auto, la bicicleta o el peatón que ignoran el significado de un semáforo en rojo, y si se les dice algo, así sea con el fin de proteger su vida, responden con un improperio. El uso de la silla azul de los buses por parte de cansados adolescentes y muchachas con ínfulas de princesa, haciendo que el anciano con dolores en sus huesos o la mamá que carga su pequeño hijo, tengan que soportar un horrible experiencia de pie en un transporte lleno ante los ojos indolentes de la gente. Hace unos días se pudo ver el cinismo de algunas personas que apoyaron el hecho de colarse en buses porque subía $100 el pasaje, y muy seguramente, quienes se colan usualmente en los buses, o los que se sientan en los fuelles y obstaculizan las puertas, son los primeros que protestan.

Cinismo en los grupos terroristas que no reconocen sus crímenes. Cinismo en los políticos que incumplen sus promesas. Cinismo en quien se aprovecha del débil. Cinismo en quien maltrata o malversa los recursos de todos. Cinismo en quien engaña. Cinismo en la gente que puede ayudar y no lo hace. Cinismo en casi todas partes.


Y hoy, y ojalá por única vez, cinismo en “Laboratorio Cínico”.

domingo, 20 de julio de 2014

Brasil 2014, no te acabes nunca: La selección Colombia

Colombia comenzó a vivir el Mundial Brasil 2014 el 11 de Noviembre de 2013. Esta fecha, que siempre celebra la independencia de Cartagena de Indias del dominio español, también fue una ocasión para que unos guerreros, esta vez detrás de un balón y armados de enorme talento, lograran empatar en Barranquilla un partido que estaba totalmente perdido. Un 0-3 ante la selección de Chile no hacía presagiar buenas cosas para la selección Colombia, pero la magia de James Rodríguez, y los goles de Radamel Falcao García y Teo Gutiérrez consiguieron lo que parecía imposible: Colombia volvía a un Mundial después de 16 años de decepciones e improvisaciones. El camino no era fácil, pero ahí estábamos.

Un día cualquiera de enero, muchos perdimos la tranquilidad con una noticia: un tal Soner Ertek, jugador de un tal Chasselay de la cuarta división de Francia, lesionaría a Radamel Falcao García, la máxima figura colombiana y estrella del fútbol mundial en el equipo AS Mónaco. No era cualquier lesión, en tanto que el ligamento del colombiano se rompió, y su recuperación tomaría 6 meses o más, con lo cual era casi imposible que el delantero pudiese disputar Brasil 2014 con su selección. Una tristeza impresionante vivió el país, y el mundo de fútbol en general al conocer la noticia. Afortunadamente, el entrenador del equipo nacional, José Pékerman nunca demostró su desasosiego ante la noticia.

Colombia se comenzaba a preparar para el Mundial. La gente compraba sus álbumes, láminas, televisores, figuras de la mascota Fuleco y demás. A diferencia de otros torneos, no hubo euforia alrededor de la selección, sino más bien un prudente optimismo, que se fue minando un poco con las lesiones de Edwin Valencia, Aldo Ramírez, Amaranto Perea, y la confirmación de la ausencia de Radamel Falcao en el torneo.
A Colombia le correspondió un grupo más o menos parejo en el papel. Como cabeza de grupo por ser uno de los mejores equipos en la clasificación de la FIFA, la selección enfrentaría a Grecia (que venció a nuestro “coco” Rumania en el repechaje europeo), la fuerte selección de Costa de Marfil, y una presuntamente evolucionada selección de Japón. El primer rival sería el equipo europeo, caracterizado por ser un equipo mezquino en ataque, pero efectivo en defensa.

El sábado 14 de Junio sería la fecha del retorno de Colombia a un Mundial. En 1998 nos habíamos despedido con las lágrimas de Faryd Mondragón, pero aquel día 14, las lágrimas serían a otro precio. Un día antes de elegir Presidente, el estadio de Belo Horizonte vibraba con miles de colombianos en sus tribunas, esperando un buen debut de sus compatriotas. Solo bastaron 6 minutos para que Pablo Armero deleitara al mundo con sus goles y su baile. Teo Gutiérrez convertiría el segundo gol, y el tercero vendría de esa zurda prodigiosa y poética de quien llegara como promesa y se despediría como realidad, un crack llamado James Rodríguez. Júbilo inmortal.

Brasilia, aquella pequeña ciudad construida sobre planos para ser capital de Brasil, sería testigo de otra nueva función de la selección Colombia. Costa de Marfil fue el rival, mucho más difícil que el europeo, pero Colombia también lograría sobrepasarlo. Esta vez, un monumental gol de cabeza de James Rodríguez y un certero contragolpe del joven Juan Fernando Quintero marcarían la diferencia a pesar del hermoso gol de Gervinho. Colombia hacía la reserva de su tiquete para octavos de final. Cesó la horrible noche.

Ante Japón, Colombia se dio el lujo de alinear varios suplentes, y con ellos también las dudas aparecían en un errático primer tiempo empatado 1-1. Pékerman hizo uso de su experiencia y envió al mago a la cancha. James Rodríguez puso el acelerador para que Jackson Martínez, su excompañero en el FC Porto marcara 2 goles que resolverían el partido, al que todavía le quedaba una pintura de James Rodríguez para el 4-1, y para que el mundo le rindiera un homenaje a Faryd Mondragón, quien se convertiría a sus 43 años en el jugador más veterano en pisar la cancha en un Mundial. El abrazo entre Pékerman y Mondragón nos mostró que el fútbol no solo está hecho de goles. 9 puntos de 9 posibles en la primera ronda. Colombia se baña en sangre de héroes.

El sábado 28 de Junio de 2014 será recordado como el día más importante de la historia del fútbol colombiano. El mítico Maracaná sería el escenario donde la selección Colombia mostraría su mejor repertorio ante una selección de Uruguay siempre difícil, y esta vez más, después de la sanción para su delantero Luis Suárez por morder a un rival en el partido contra Italia. En el minuto 28 del juego el mundo quedaría enmudecido ante una obra de arte de James Rodríguez, quien sin dejar caer el balón, dispara desde fuera del área con su fenomenal pierna zurda para vencer al portero Muslera. Un gol para reír, para llorar, para celebrar toda la vida. De esos momentos que uno agradece poder estar vivo para poderlos presenciar. Llegaría una brillante jugada colectiva que esta vez la derecha de James resolvería. 2-0 y Colombia pasaba a cuartos de final por primera vez en su historia. El país festejaría como nunca y la selección Colombia se convertía de nuevo en un referente de buen fútbol. ¡Oh, gloria inmarcesible!

El rival de la siguiente fase sería Brasil, el equipo local. Ese equipo no estaba acorde a su historia llena de talento, sino a una realidad donde para ganar es necesario el juego rudo, e incluso las ayudas arbitrales para sopesar un equipo sin inspiración. En ese partido Colombia empezó con dudas y al minuto 7 una desconcentración comenzaba a acabar el sueño colombiano. 1-0 terminaría el primer tiempo, donde Colombia no se encontró en la cancha,  pero sí con el excesivo juego fuerte de su rival, ante la complicidad del juez español Carlos Velasco.

El segundo tiempo fue distinto. Con cambios desde el banco y con mucho amor propio, Colombia buscaría el empate. En un tiro libre, el defensa David Luiz marcaría el segundo para Brasil, y luego James, el gran James, en un penalti pondría la cuota de sufrimiento para ese Brasil de mentiras que 3 días después tendría la humillación de la vida al caer 7-1 ante una selección alemana inspirada. Terminaba el partido, y las lágrimas de James Rodríguez, goleador del torneo con 6 tantos, nos mostraban que todo lo que tenía la selección había quedado en la cancha en ese segundo tiempo. Colombia se despedía como un gigante de ese Mundial. Su varonil aliento, de escudo les sirvió.


Brasil 2014 quedará en la memoria de todos los colombianos, quienes vimos a una selección llena de valores, tanto humanos como deportivos, que nos demostró que los sueños se pueden hacer realidad. Ojalá como sociedad valoremos todo lo grandioso que nos trajo esta selección y podamos adaptarlo a nuestra vida diaria. El camino apenas comienza. Ojalá no se acabe nunca.

miércoles, 11 de junio de 2014

Nuestro mundo alrededor del Mundial

Pocos eventos nos obsesionan tanto como un Mundial de fútbol. Durante un mes, lo más importante para muchos tiene que ver con los partidos, las nóminas, los lesionados, y el resultado de las “pollas”. En un Mundial uno deja de ser indiferente ante un  “Irán – Bosnia” o un “Argelia – Corea del Sur”, se aprende nombres como Sotiris Ninis o Vasili Berezutskiy, o se comienza a adquirir conocimientos de coctel con cosas como que Grecia en griego se dice “Hellas”, o que Suecia se escribe “Sverige”.

La última vez que Colombia fue a un Mundial fue en 1998 en Francia, lo que significa que una generación apenas va a saber lo que significa tener a Colombia en este torneo de la FIFA. Esa generación solo había tenido que soportar eliminaciones, humillaciones, y álbumes de Mundiales sin los jugadores de su país. Un justo premio para tanto sufrimiento es poder ver a Colombia en Brasil 2014.

Otros tuvimos la posibilidad de vivir 3 Mundiales consecutivos con Colombia como participante. ¿Cómo olvidar la pintoresca selección de Italia 90, con bigotes y melenas paseando buen fútbol por Italia? ¿O cómo olvidar toda la expectativa y euforia, además de la consecuente frustración con el desempeño de Colombia en USA 94?, o incluso, ¿cómo olvidar las atajadas de Mondragón para evitar una humillación en Francia 98? Nombres como Freddy Rincón, René Higuita, “tren” Valencia o Faustino Asprilla hicieron parte de una estupenda generación de jugadores colombianos, que si bien no obtuvo ningún título internacional, nos hizo vibrar con un fútbol estético y vistoso. Hazañas como el gol de Rincón en el último minuto ante Alemania en el 90, el 5-0 ante Argentina en Buenos Aires en el 93, o el recordado “escorpión” de René Higuita en el estadio “Wembley” de Londres en 1995, fueron parte del sello de esa generación comandada por Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez.

Los que somos fans de los Mundiales siempre recordamos algunos partidos como si fueran batallas épicas. En los Mundiales de los 90’s recordamos el estupendo “Brasil 3 – Holanda 2” en los cuartos de final de 1994, o el “Argentina 2 – Inglaterra 2” de 1998. Generaciones anteriores recordarán  en España 82 los juegos “Alemania 3 – Francia 3” en semifinales (ganó Alemania por penales) o “Italia 3 – Brasil 2”. Los colombianos recordamos “Alemania 1 – Colombia 1” en 1990 como nuestra mayor gesta en la historia de los Mundiales.

Los Mundiales también cuentan con héroes. Tres torneos (1958, 1962 y 1970) se deleitaron con la magia de Pelé, mientras que México 86 vio la astucia (con el pie y con la mano) de Maradona. Francia aportó a Michel Platini en los 80’s y a Zidane en los 90’s y 2000. Alemania suele aportar temibles goleadores como Klose, Rummenigge o Klinsmann, mientras que Italia aporta calidad en la defensa con apellidos como Baresi, Maldini o Cannavaro.

Así como hay héroes, también hay decepciones. Colombia fue la mayor de ellas en 1994, cuando muchos daban al equipo como campeón debido a su goleada sobre Argentina en eliminatorias y a lo que se había mostrado en los partidos amistosos previos al Mundial. Argentina sufrió algo similar en 2002, cuando pasó de ser favorito a eliminado en la primera ronda. Italia, siendo campeón del mundo, cayó en primera ronda, tal como le pasó a Francia en 2002. Jugadores como Messi o Cristiano Ronaldo aún no han brillado en un Mundial, mientras que Holanda ha disputado 3 finales de la Copa del Mundo sin ganar ninguna.


El 12 de Junio comienza a escribirse una nueva parte de la historia, esperando que los equipos por los que vamos (Colombia, especialmente) hagan un buen torneo. Tiempo de dejar de hablar, y esperar “pacientemente” el momento en que el japonés Yuichi Nishimura decrete el pitazo inicial de “Brasil – Croacia”.   

viernes, 16 de mayo de 2014

Preguntas que nos han hecho

Todo el día hacemos preguntas, y nos hacen preguntas. Hoy "Laboratorio Cínico" pregunta si le han preguntado alguna de las siguientes preguntas:

¿Ya llenó la polla?

¿En tu casa o en la mía?

¿Tiene vueltas de uno de 50?

¿Este pasa por la 100?

¿A qué hora sale?

¿Puede apagar el celular?

¿Cuándo se casa?

¿Cómo voy yo?

¿Quién me dejó esto?

¿Qué busca?

¿Qué hay de comer?

¿Desea incluir el servicio?

¿Desea donar sus vueltas al “Minuto de Dios”?

¿Usted tiene cuenta aquí?

¿Desea llevar la promoción?

¿Y sí aguanta?

¿No tiene más sencillo?

¿Hasta cuándo es que hay plazo para pagar?

¿Hasta cuándo es que había plazo para pagar?

¿Cuánto hay que dar?

¿Ya lo dañó?

¿En cuánto me lo deja para llevarlo?

¿Águila o Póker?

¿Otra vez usted?

¿Qué pasó en el capítulo de ayer?

¿Dónde lo compró?

¿Cuándo vuelven a abrir la agenda para las citas médicas?

¿Será que ya casi?

¿Me permite un documento que no sea la cédula?

¿Le tocó de jurado?

¿Otra vez botó el celular?

¿Dónde dejé mi esfero?

¿Cuándo pagan?

¿Ya pagaron?

¿Y esto es para cuándo?

¿Y esa película sí es buena?

¿A qué hora la puedo encontrar?

¿A qué hora es el partido?

¿Hay Internet?

¿A cuántas cuotas?

¿Por qué no le interesa la oferta, señor Páez?

¿Por qué desea cancelar el servicio?

¿Quién canta esa canción?

¿Desea conocer su saldo en Recibo/Pantalla?

¿Por qué tan caro?

¿Está lloviendo?

¿Ya terminó?


¿Le gustó?

domingo, 30 de marzo de 2014

La tengo, no la tengo

Junio 9 de 1990. Recién terminaba el partido entre Italia y Austria, que el primer equipo ganaba angustiosamente 1-0. Colombia también había jugado ese día, logrando su primera victoria en la historia de los Mundiales de fútbol. Llenos de fiebre de fútbol, fuimos con mi hermano a un quiosco a intercambiar láminas repetidas del álbum del Mundial Italia 90. Más de 15 personas estaban allí, incluso soportando la lluvia, pero buscando la manera de llevarse un buen botín a casa para llenar el álbum. En  mi caso, demás de obtener algunos intrascendentes jugadores de Emiratos Árabes y Egipto, también había logrado las láminas de Carlo Ancelotti (sí, el actual técnico del Real Madrid) y la más difícil del álbum: la del portero René Higuita, quien aparte estaba en la foto de la portada del álbum. Días después, un vistoso error del excéntrico portero, acabaría con el sueño mundialista de Colombia.

En estos días, muchos estamos recordando lo que se siente llenar un álbum. La adrenalina de destapar un sobre, como quien abre un regalo en su cumpleaños o en navidad. Lo que se siente cuando sale muchas veces en los sobres algún ilustre desconocido de alguna selección que uno sabe que no va a hacer nada en el torneo, o cuando uno espera que en la caja de sobres aparezca un jugador de esos que son llamados a ser figuras, pero su ausencia nos llena de tristeza, como cuando uno extraña a alguien que quiere mucho. Sin mencionar la rabia que se desata cuando una de esas láminas que se unen con otras queda mal pegada

Los álbumes, no solo de mundiales de fútbol, suelen unir familias y amigos. El ritual de cambio de láminas es algo inigualable, donde conceptos económicos como la oferta y la demanda salen a florecer. Desde luego, la especulación con los precios de las láminas suele ser exagerada, en tanto que la gracia de hacer un álbum es llenarlo, y muchas veces, los vendedores al menudeo, como los perros, huelen el miedo o la desesperación. Sus sarcásticas sonrisas al mencionarnos los precios nos suelen decir “o la compras, o no lo llenas”. A veces, como en muchas ocasiones en la vida, toca ceder.

Hacer un álbum no solo requiere dinero, sino también disciplina y también suerte. Muchos recordarán cuando eran niños y compraban los álbumes que vendían en las misceláneas, donde por un número de ejemplares llenos podían llevarse premios como un balón de microfútbol, una tula deportiva o un ajedrez magnético. No conozco a nadie que haya llenado uno de esos, pero sí a muchos a los que les faltó una o dos láminas, curiosamente las mismas láminas. Y en esos casos no existía mercado al menudeo como para poder intentar llenarlo. La decepción de no llenar un álbum es grande, y traumática la experiencia de ver espacios vacíos.   

Hemos visto álbumes de muchos estilos en nuestra vida. El álbum de los chocolates Jet siempre ha sido muy popular, y su primera versión perduró por mucho tiempo, pero ahora, y para motivar el consumo de chocolatinas, de tanto en tanto sale uno con temáticas nuevas. Los de generaciones anteriores recordarán el de “Javier” (el personaje del diario “El Espectador”), el de la “Pizza Nostra” y el de la desaparecida emisora 88.9. Otros recordarán los de Coca – Cola, con publicidades de la marca y personajes de Disney, así como los que fuimos niños en los 80’s también hicimos los de “Transformers” o “Garbage pall kids”, así como los de otras series de TV de moda en cada época. Otros álbumes, muy interesantes para los coleccionistas y gomosos de los deportes, fueron los del campeonato CART de automovilismo en el año 2000, y los de los equipos “Millonarios” y “Atlético Nacional” que salieron en 2013, en tanto que además de muy bien realizados, también contaban con mucha información relevante para los fanáticos.

Es agradable ver que la cultura de llenar un álbum no se ha perdido. Que grandes y chicos siguen disfrutando mucho este agradable y didáctico pasatiempo, que nos trae todo tipo de emociones, y que nos hace felices por un tiempo. Por eso, creería que en cuanto a tener pasión por llenar un álbum, prefiero decir “la tengo”, a decir, “no la tengo”.

sábado, 29 de marzo de 2014

Colombia en Indycar: El país a toda velocidad

Busque en su memoria los años 1999 y 2000. Recordará que en esa época el automovilismo fue un deporte muy popular, en tanto que Colombia venía de un fracaso estruendoso en el Mundial de fútbol Francia 98, y en ese entonces, un muchacho, tan veloz como arrogante, comenzaba a ganar carreras en una categoría importante de autos. La gente ponía en sus carros calcomanías que decían “Target” (muchos ni sabían que realmente era el nombre de una tienda), compraba autos rojos de juguete, veía las carreras narradas por Ricardo Soler y Jorge Leal (de ahí salió el famoso “Ricardo Jorge”!) y no era indiferente al escuchar nombres como Dario Franchitti, Max Papis, o Helio Castroneves. Ese par de años, Juan Pablo Montoya nos invitó a subirnos a su vehículo para andar los caminos de la Fórmula CART y disfrutar de los avatares del automovilismo.

El 30 de Marzo (mañana, si usted es un lector puntual y juicioso), comienza una nueva temporada de Indycar (fusión entre la mencionada categoría CART y la Indy Racing League), una de las categorías de autos más rápidas del mundo, y que si bien no cuenta con tanto glamour y tecnología como la Fórmula 1, sí le da una especial importancia al espectáculo y las batallas entre pilotos. En esta nueva temporada de Indycar competirán 4 pilotos colombianos, siendo ellos Juan Pablo Montoya, Carlos Muñoz, Sebastián Saavedra y Carlos Huertas.

La historia de los colombianos en Indycar comenzó en 1984, cuando el piloto paisa Roberto José Guerrero llegó a la categoría después de 2 frustrantes años en Fórmula 1 con equipos de bajo presupuesto. Guerrero fue un piloto muy rápido pero con muy mala fortuna. Ganó solo 2 carreras en sus casi 15 años de competencia, curiosamente en 1987, temporada que tuvo que abandonar porque quedó en coma después de un accidente en unas pruebas. También tuvo un gran fiasco en las 500 millas de Indianápolis en 1992, cuando en la vuelta de presentación, y siendo el primero en la línea de partida, hizo un trompo con su auto y abandonó la carrera. Actualmente es comentarista de televisión, con un marcado acento gringo.

El siguiente colombiano en la categoría fue Juan Pablo Montoya para las temporadas 1999 y 2000 con el equipo Target Chip Ganassi. Un piloto superlativo, ganó la temporada 1999, como buen colombiano, con una alta dosis de sufrimiento, en tanto que empató al final en puntos con su rival y amigo Dario Franchitti, pero se hizo al campeonato por haber ganado 7 carreras, 5 más que  Franchitti. En el año 2000, y mostrando su acostumbrada velocidad, tuvo una temporada irregularmente absurda, abandonando en carreras por raros fallos mecánicos o problemas en la configuración del auto. Aun así ganó 3 carreras y las 500 Millas de Indianápolis, la carrera más famosa del mundo.

En 2014 Montoya regresa a la categoría, después de polémicos pasos por la Fórmula 1 y NASCAR. Su nuevo equipo es el Team Penske, el más ganador de la historia de la serie, pero necesitado de triunfos, en tanto que hace casi 10 años no gana un campeonato.

Otro de los pilotos colombianos en esta temporada es Sebastián Saavedra. Este joven piloto bogotano debutó en 2010, pero una mezcla de mala suerte, malos equipos y errores  de manejo no han permitido que haga carreras memorables. Este año va con un equipo decente, y será dirigido por quien fuera compañero de Montoya en 1999 y 2000, Jimmy Vasser.

Carlos Muñoz es otro joven piloto, que debutó en 2013 en la categoría. De formación en Europa, Muñoz casi logra el sueño de cualquier piloto: ganar las 500 millas de Indianápolis en su primer intento. En aquella ocasión, una bandera amarilla (neutralización) a pocas vueltas del final le impidió tomar la leche que ganan los vencedores de la carrera. Un merecido segundo lugar, pero había para más. Su jefe es Michael Andretti, hijo del legendario Mario Andretti y rival de Montoya en 1999 y 2000.

La delegación colombiana la completa Carlos Huertas, quien llega a Dale Coyne Racing, un equipo donde tiene que llevar patrocinador para poder correr (“Café de Colombia” es el suyo). No hizo pruebas de pretemporada, pero igual se esperan cosas interesantes de él debido a su ampli formación en Europa.

Es histórica la participación colombiana en esta categoría en 2014. Nunca antes se han visto tantas banderas de Colombia en una categoría importante de automovilismo. Ojalá hagan un buen trabajo, dejen el nombre del país en alto, y nos hagan sentir los que vivimos en 1999 y 2000, cuando conocimos un deporte fascinante y lo aprendimos y vivimos a toda velocidad.

domingo, 16 de marzo de 2014

Historia de Domingo

La memoria de Raúl suele acompañarlo en viajes hacia el pasado. Muchos recuerdos rondan su cabeza ante la mirada nostálgica de un domingo gris, que trata de resistirse con lo que puede a la inminente llegada del implacable y hostil lunes.

Raúl se concentra en el hermoso recuerdo de las mañanas del domingo, cuando su padre lo llevaba a jugar fútbol con varios de sus amiguitos. El placer de ensuciarse y comer tierra era inexplicable, solo comparable al sabor del helado que obtenía cuando marcaba el gol de la victoria. Todo el domingo se hablaría de su gol. No saldría en los diarios, pero la manera como eludió al portero rival quedaría en la memoria de todos, por lo menos hasta que acabara la jornada de colegio el lunes. La mañana soleada era cómplice de su heroísmo, lo que contrasta con la incómoda compañía de la soledad en los días grises.

Como premio a su hazaña, Raúl comería su plato favorito en el almuerzo. Una buena pasta siempre caería bien para tener mucha energía para la tarde. No importaba cuán difícil era de tomar con los cubiertos, ni que la posibilidad de mancharse fuera inminente, sino que se compartía una tarde familiar, donde cada quien contaba con generosos detalles sus historias, desde las aventuras adolescentes de colegio, hasta el anuncio de comprar un televisor nuevo porque en el antiguo ya no se ve nada. Pasaban horas, pero el tiempo no se sentía. Era irrelevante. No había que cumplir horarios ni encontrarse con nadie. La tarde era para Raúl y su familia.

El sol seguía ahí, incondicional, aguardando que Raúl volviera a la calle para jugar en el parque. La tarde era promisoria: sus amigos Juan Carlos y Guillermo ya estaban en la calle subidos en el rodadero y la pequeña Daniela esperaba en el columpio. Raúl vuelve a ser feliz en el parque, mientras que su padre lo observaba y al mismo tiempo escuchaba en su radio el juego del equipo de la capital. Fue una tarde donde encontraron nuevos amigos. Nadie hablaba de dinero, desamores o problemas laborales, sino del capítulo de la serie de dibujos animados que vieron el día anterior. Todos contaban la misma historia, aunque unos con detalles más exagerados que otros. Con la ropa sucia y el cabello pegajoso de sudor, era momento de volver a casa. No había que pensar en el desasosiego del domingo por la tarde, sino en la enorme expectativa por la llegada del lunes, cuando Raúl volvería a ver sus amigos en el colegio.

Raúl mira el reflejo de esos días, ya lejanos, en el mismo parque donde jugó de niño. Ya no está el carro de los helados, el columpio está derruido, Daniela se casaba por segunda vez, y Guillermo vivía agobiado por las deudas. Los niños ya no estaban en el parque, sino acompañados de sus smartphones y sus videojuegos. Raúl piensa que ellos no tendrán en su memoria el recuerdo de esos interminables domingos, donde cada quien fue héroe, y donde cada quien escribía cada semana su historia de domingo.

domingo, 16 de febrero de 2014

La vida en frecuencia modulada

Los que pertenecemos a las últimas generaciones del siglo pasado (sí, no suena muy alentador) tuvimos gran afinidad con las emisoras de radio. Las escuchábamos en nuestro bus escolar, cuando hacíamos las tareas, o cuando trasnochábamos estudiando para algún examen. No teníamos Youtube, pero esperábamos la voz de Andrés Nieto, de Alejandro Villalobos o de Hernando Romero Barliza anunciando nuestra canción favorita. Claro está que no teníamos la opción de escucharla muchas veces seguidas volviendo a poner play, sino que teníamos que esperar varias horas para que volviera a sonar en la programación, o ir a comprar el CD o el cassette.
   
Muchos asocian el principio de la radio juvenil masiva con el gran esfuerzo de Fernando Pava Camelo, de familia ligada al Partido Conservador, quien “desafiando” de alguna manera a su familia (dueña de la Cadena “Súper”) logró fundar una emisora en la frecuencia 88.9 de Bogotá. Si bien ya había intentos de radio de corte juvenil (las emisoras de la mal llamada “música para planchar”,  la música “disco” en Radio Tequendama, o la lastimosamente extinta y muy grande “Caracol stereo”, con Enrique París y Otto Greiffestein, que sonaba música en inglés), 88.9 (llamada “Súper stereo” en sus primeros años) llegó a calar dentro del gusto juvenil con programas como “Los 20 súper éxitos”, “American Top 40” o “El zoológico de la mañana”, y al parecer, desde que Fernando Pava sonó la canción “Respirando” del dúo argentino “Bárbara y Dick” en Marzo de 1982, se sabía que ese modelo de emisora podía ser exitoso.

El momento de gloria de la radio juvenil vino a finales de los 80’s, cuando 88.9 tenía sus programas plenamente consolidados y contaba con disc Jockeys como Alejandro Villalobos, Andrés Nieto, Jorge Marín o Tito López. A diferencia de las otras emisoras, el oyente realmente tenía “sentido de pertenencia” con 88.9, porque además de darle la oportunidad de programar sus canciones favoritas, también recibía regalos, o la oportunidad de ver en vivo a sus artistas favoritos, lo que para la época no era poca cosa. Adicionalmente en ese momento se vivió lo que se dio en llamar “El boom del rock en español”, lo que hizo aún más popular la emisora.

Muchos recordarán personajes como “Don Fulgencio” (que era un amargado señor interpretado por Villalobos en una época, después por Jorge Marín – ambos ayudados de una herramienta que distorsionaba la voz), el álbum de 88.9, el emocionante intro de “Welcome to the jungle” en el concierto de “Guns ‘n’ Roses en 1992, o la rabia con la que el argentino Miguel Mateos cantó a las 5 de la mañana del 18 de Septiembre de 1988 en el “Concierto de Conciertos”. La radio nos envolvió en su mundo, tanto así que muchos de los estudiantes de la época camuflaban su walkman o su discman en clase para poder escuchar las ocurrencias de los locutores de la época, que si bien a decir verdad no eran tan divertidas, pero distaban mucho de los contenidos vulgares y de doble sentido que se hacen presentes en las distintas emisoras en la actualidad. 88.9 llegó a ser tan importante, que hasta tuvo su propia tienda de suvenires en la carrera 15 de Bogotá.

En los años 90’s aparecieron otras alternativas de radio juvenil como “Radioactiva” o “La Mega”, así como la consolidación de “Todelar stereo” (posteriormente llamada “La X”). La primera tuvo hitos importantes como “La Locomotora” (su programa matinal con Alejandro Villalobos, Gabriel De las Casas, “Papuchis”, entre otros) y años después la versión radial de “la Tele”, el exitoso programa de televisión donde Martín de Francisco y Santiago Moure marcaron una época. Todas estas emisoras contaban con patrocinios de marcas importantes para la época, como “Presto”, “Charlie’s Roastbeef”, “Azúcar” o “Jeans and Jackets”, casi todas un ejercicio de nostalgia en la actualidad, como lo son las famosas “Minitecas”, donde presenciábamos una fiera competencia entre “The Best” (de Villalobos – La Mega) y “New Concept” (de Casale – Radioactiva) por ver cuál estaba presente en más “proms”.

A finales de los 90’s y principio de siglo varias de estas emisoras fueron cambiando de formato conforme su público iba creciendo y las tendencias cambiaban. “Radioactiva” pasó de ser una emisora crossover (donde en la misma hora sonaba “Soda stereo”, “The Police” y “Sandy y Papo”) a una emisora netamente de rock; “La Mega” se especializó en los ritmos juveniles actuales (de cada época); “La X” tuvo una migración hacia una radio no hablada donde predominaba la música de los 80’s, antes de llegar a un formato hablado y con énfasis en música nueva. Por su parte 88.9 terminó sus días en el dial en el 2005 siendo una leve sombra de lo que alguna vez fue, con sus programas estrella, pero sin el impacto que tuvo en los 80’s. Desde luego, hubo alternativas como “99.1” (ahora llamada “Señal Radiónica”) con canciones no tan comerciales, y emisoras como “Laúd” (de la Universidad Distrital) y “Vibra” (antigua “Acuario stereo) enfocadas a la música en español. Otros oyentes (dentro de los que me incluyo) fuimos migrando hacia las radios de género “Adulto contemporáneo” (La FM y Caracol stereo) o la radio hablada. El siglo y la generación habían cambiado.

Lejos quedan los tiempos en que nos sentábamos a escuchar si nuestra canción favorita se mantenía en los listados, en que esperábamos contestar una pregunta para ganar un CD de “Máquina Total” o “Lo más disco”, o en que queríamos que llevaran al artista más exitoso a la miniteca de nuestro colegio. Ni idea si las nuevas generaciones le han desarrollado gusto a la radio. Ojalá algún día nos cuenten esa historia., aunque seguramente tendrá que ver más con nombres como Youtube, Spotify o Grooveshark, que con “El Capi”, “Papuchis” y “Don Fulgencio”.

Una pequeña pausa y regresamos con más.


miércoles, 12 de febrero de 2014

Dame la L de Leyenda

La ceremonia comenzaba en la noche de cada Domingo de finales de los 80’s. Fueron tiempos violentos en Colombia, pero las familias encontraban escape a la realidad mientras veían “El Programa del millón”, un programa de concursos donde los participantes tenían que adivinar palabras y completar frases. Para encontrar las palabras debían seleccionar letras y a partir de ahí el concursante podía arriesgarse a ganar el premio completando una frase, por lo general de 2 o 3 renglones. El programa, que duraba entre una hora y hora y media, era muy entretenido porque tuvo un carismático presentador llamado Fernando González Pacheco, español de nacimiento, pero colombiano como nadie.

Pacheco, como lo conocíamos todos, fue siempre parte de nuestras familias. Todas las generaciones tuvieron que ver con sus concursos, sus historias, sus entrevistas y sus locuras. Hincha acérrimo de su “Santafecito lindo” (como él mismo lo bautizó) y fanático de los toros; hombre muy elegante y  amigo de todos, incluyendo de Jota Mario Valencia, a quien en sus concursos llamaba “el bobito”. Nadie podía hablar mal de él, en tanto que su profesionalismo y su don de gentes siempre dejaron su nombre en alto.

Fue una leyenda viva de la televisión desde sus inicios, aprovechando la oportunidad que le dio uno de los dueños de la extinta programadora “Punch” (sí, la misma de “Vuelo secreto” e “Imagínate”). A partir de ahí tuvo una carrera televisiva muy prolífica, como el primer animador de lo que conocemos ahora como “Sábados felices”, “Animalandia”, o “Sabariedades”, que contaba con la compañía de otro icono de la cultura popular colombiana, como lo es Carlos “el gordo” Benjumea.

Ya en lo que compete a la generación de los 80’s, lo vimos como animador en programas como “Compre la orquesta” (formato que utilizó en varios programas posteriormente) donde aprendimos los sonidos de los instrumentos musicales, a medir nuestra precisión en el canto en “Caiga en la nota”, además de frases como “¡Le hago sonar toda la orquesta a nombre de la abejita Conavi!”. Por esa misma época, presentaba también “Siga la pista”, que contaba con el patrocinio de la desaparecida empresa de ventas de electrodomésticos “J Glotmann” en la sección “Pare o siga con Glotmann”.

A finales de los 80’s llegó “El Programa del millón”, ya mencionado al principio, pero uno de los más recordados. Muchos recordamos con furia cuando en la parte final del programa (en la que jugaba el televidente), nos sabíamos el “santo y seña” pero nunca nos llamaban, así como recordábamos con alegría las ediciones del programa en las que participaban los niños, y en las que el Gran Pacheco se disfrazaba de punkero, o de Tío Rico. Siempre salía con algo ingenioso.

Posteriormente hizo varios programas más de concurso, como “Los tres a las seis” (con Doña Gloria Valencia de Castaño y Jota Mario Valencia), “Quiere Cacao” (un remix de ““El Programa del millón” y “Compre la orquesta”), “Exitosos” (un programa musical) y “La bella y la bestia” (con la vedette criolla Lady Noriega). Todos estos programas fueron en los años 90’s, en los que se marcó la transición a la televisión satelital, y donde los concursos ya comenzaban a verse desterrados de la parrilla televisiva.

Paralelamente a su carrera como animador y presentador, Pacheco tuvo una faceta fascinante como entrevistador en su programa “Charlas con Pacheco”. Por ese espacio desfilaron tanto figuras de la vida nacional, como héroes anónimos de las calles, pero con la calidez como denominador común. Parecían charlas entre amigos, sin ningún tipo de presión, ni ínfulas de grandeza. Los egos nunca se hicieron presentes en sus entrevistas, porque él nunca lo permitió. En la red se pueden recordar entrevistas legendarias como la que le hizo a Luis Carlos Galán antes de morir, o a Jaime Garzón.

Lo vimos también como actor en novelas como “Música maestro” e “Isabel me la veló”, y en la última década en espacios de variedades como “Tres puntos aparte” (con Adriana Arango y Martín de Francisco) o en segmentos de “Día a día” de Caracol Televisión, marcando así su paulatina desaparición de la caja mágica. A partir de ahí, todos comenzamos a preguntarnos por su salud, por su estado mental, o por su soledad. Su muerte o su delicado estado de salud se rumoraron muchas veces, pero quedábamos tranquilos porque eran falsas alarmas.

El 11 de Febrero de 2014 se fue esa leyenda viva, ese familiar que nunca conocimos personalmente, pero que siempre nos acompañó. Se fue de esta vida, donde todos los demás, con tristeza por su pérdida, seguimos concursando.

¡Las letras!


G R _ C I _  S  P _ C H E C O!!!!

sábado, 8 de febrero de 2014

Adrenalina laboral

Mucha gente busca los deportes extremos para sentirse vivo. Escalar, lanzarse en un paracaídas, entre otras experiencias, son utilizadas por muchos para romper la rutina y tener algo de emoción, ignorando que el día a día laboral también cuenta con situaciones que generan emociones tanto o más fuertes que un día en un parque de aventuras.

Muchos tienen que enfrentarse a complejas situaciones desde el mismo inicio de la jornada. Los empleados que cumplen horarios pueden dar fe de la amargura que lleva consigo el llegar tarde al trabajo, y más si se tiene un jefe estricto. Puede ser que se haya presentado alguna dificultad familiar o que el transporte fue escaso ese día, pero ninguna excusa vale. Todas las peripecias para llegar, sumadas a la tensión de la premura de tiempo, no importan a la hora de confrontar al jefe, quien desde luego, y haciendo uso de su autoridad, sellan la confrontación con un llamado de atención que calienta la sangre y baja la moral de nuestro trabajador promedio.

Ya en la oficina, suele ocurrir que cuando el trabajador está más apurado por entregar algún trabajo, el programa que se está utilizando deja de funcionar. Se traba el sistema, la pantalla se torna blanca, y recordamos con furia a toda la familia de Bill y Melinda Gates, mientras esperamos con paciencia que el inconveniente pase, pero con la impotencia de saber que la última vez que le dimos “Guardar” al documento fue hace 20 minutos e hicimos muchos cambios. La solución casi siempre es la misma, y pasa por responder la pregunta “¿Desea cerrar este programa?”, donde el “Sí” es sinónimo de haber “dejado todo en la cancha” infructuosamente.

Cuando se trabaja con clientes, la adrenalina laboral alcanza nuevos niveles. Cada correo debe ser escrito con las palabras adecuadas, muy sutilmente, y siempre tratando de proveer una respuesta amable y coherente a las dudas, en tanto que cualquier palabra con el tono equivocado o fuera de contexto, puede ser fatal. Pueden pasar fiascos como omitir “copiar” en el correo a una de las personas importantes de la empresa cliente, o terminar copiando a una persona de otra empresa con un nombre parecido (a Ricardo Paz, por ejemplo). Si quien lo envía no se da cuenta, puede esperar un llamado de atención de su jefe, pero si se da cuenta, comienzan a subir las pulsaciones desesperadamente al tratar de buscar la opción “recuperar mensaje” en la herramienta “Outlook”, cuyo resultado más feliz es sin duda cuando se lee en la pantalla “El mensaje ha sido recuperado”, lo que ocurre en un pequeño porcentaje de los casos.

Más fracasos en el envío de correos ocurren cuando se adjunta el archivo equivocado o simplemente no se adjunta. Es frustrante trabajar tanto tiempo en un archivo y olvidar lo más importante. Pasa que uno se va tranquilo a casa, pero el sosiego se interrumpe cuando el jefe llama diciendo “¡El cliente dice que nunca le llegó el archivo!”. Media vuelta y regresar.

El peor de los casos en el envío de correos es cuando duda de si envió algo o no, y más si es un viernes. La tensión dura todo el fin de semana con la incertidumbre de si se adjuntó el archivo o no, o de si el correo finalmente salió de la bandeja de entrada. Como siempre, hay dos resultados posibles: 1. Tranquilidad el lunes cuando todo se envió bien; 2. Rabia y frustración de haber fracasado en el envío de un correo.

A veces ocurre que la tecnología se ensaña con uno, particularmente las fotocopiadoras. Puede haber 20 fotocopiadoras en la oficina, pero cuando el jefe pide algo urgente, a todas les va a faltar papel, o estarán trabadas. La ley de Murphy en versión impresa, en una copiadora que se arregla sola cuando la siguiente persona va a imprimir.

No mucha gente se aprende fácilmente las extensiones telefónicas. La adrenalina aparece cuando uno va a marcar alguna extensión, y precisamente es similar a la del Presidente de la compañía (o el jefe, o alguien con quien usted no quiere hablar). Cuando uno comete el error, y ve que en el teléfono aparece el nombre de esa persona con la que no se desea hablar, instintivamente y a una velocidad felina, uno busca cualquier botón para que no salga la llamada. El susto pasa rápido, pero el latido del corazón sigue revolucionado por un tiempo más.

Hay muchas más historias de adrenalina laboral que serán contadas en otra oportunidad, porque tendrán que esperar, en tanto que está saliendo un letrero en mi pantalla que dice “¿Está seguro que desea cerrar el programa? Perderá todos los cambios.”


Aceptar.

viernes, 24 de enero de 2014

Días de colegio

Los otros niños lloraban, pero yo me refugiaba en mi lonchera de “Plaza Sesamo” y en las paredes pintadas con dibujos de “Los pitufos”. Si bien el colegio quedaba cerca a mi casa, no dejaba de ser traumático el hecho de abandonar mis juguetes y la televisión. El primer día de clase es un momento que cambia la vida, y tal vez ningún niño está preparado para la ocasión.

No es fácil estar en un contexto abarrotado de desconocidos, y mucho menos cuando se es tímido. Algunos pueden tener la ventaja de compartir colegio con sus hermanos o primos. Yo tenía la ventaja de tener como compañero al hijo de una familia amiga de mis papás. Eso hacía un poco más llevadero el asunto.

Esos primeros días son muy largos. No es fácil extrañar la casa. Era muy distinto tener que pedirle el favor a la profesora que destapara un yogurth a que lo hiciera mamá. Tampoco era fácil encontrar el baño, y mucho menos tomar un lápiz y escribir letras medianamente legibles en hojas de papel amarillo con líneas de ferrocarril y márgenes rojas, donde el fracaso y la frustración comenzaban a asomar al ritmo de un “Mala letra”, pérfido fantasma que aún me atormenta al sol de hoy.

La hora del recreo claramente era la más entretenida. En esas épocas no era “políticamente incorrecto” comer tierra, ni uno se enfermaba por morder los juguetes. Cualquier pelota rota era un balón profesional y un par de loncheras eran perfectas para la portería de fútbol. La lonchera de los niños a veces tenía frutas, pero en la mía siempre había un sándwich. La gaseosa no era muy bienvenida, no porque fuera prohibida, sino porque por alguna razón los termos no la resistían y al pasar de la lonchera se iba desprendiendo líquido procedente de una Coca Cola o una Pony Malta. Tener que pedirle a la maestra que lavara la lonchera era un trauma, como si no fuese suficiente con perder la gaseosa.

Los libros “Coquito” y “Nacho lee” fueron los compañeros inseparables. “Mi mamá me mima”, “Mi gato mueve la cola” o “Paco quema la casa” eran las frases de batalla para aprender a leer. El reto máximo era cuando la maestra decía la palabra “Dictado”, y ahí comenzaba la contrarreloj de escribir palabras al ritmo de la voz de la profesora. Por lo general el asunto salía bien, pero ante la rotura de la mina del lápiz, o la dificultad de escribir una palabra esdrújula, la estrategia se venía abajo.

En el curso siempre podían encontrarse la niña bonita, el sujeto latoso, el niño tímido, y el presumido. Por lo general uno termina siendo el amigo del que uno menos cree. Nunca se me olvidará que mi mejor amigo en toda la primaria fue un niño al que accidentalmente le rompí una caja de colores. Los niños afortunadamente son más humildes que los adultos y perdonan y olvidan fácil.

Siempre serán clásicas las frases “Tomen distancia”, “¡A formar!” o “Ya llegaron por ti”, así como las tan recordadas de las izadas de bandera: “1. Himno Nacional”, “4. Estudiantes que por sus méritos académicos merecen izar el pabellón nacional”, o “6. Marcha final”. Tampoco se olvidan los castigos colectivos, cuando todo el curso se portaba mal, y se pagaba con el recreo, un costo muy alto.

El día de la clausura es el final de la aventura. Los niños se quieren lucir ante sus padres, mientras otros optamos por hacer monerías involuntarias (como fue contado en el artículo “Adulto menor”). Al final, todos contentos recibimos nuestro diploma y un juguete como premio por habernos sabido comportar. Era un gran triunfo aprender a leer y a escribir, pero aún no sabíamos valorar la grandeza de esa hazaña. Vendría un nuevo año, donde todos podríamos poner eso a prueba. Por ahora, marcha final. 

domingo, 12 de enero de 2014

De vacaciones y retornos

Llega el momento de despedirse del guía. Es el instante del “fin de nuestros servicios” en el tour, y el inevitable tiempo de pensar en empacar las maletas. Aquellos mágicos momentos de estar viviendo algo totalmente distinto a la cotidianidad llegaban a su triste final.

La noche anterior al retorno, uno se dispone a mirar que no se quede nada, que aquella gran cantidad de inservibles souvenirs esté en algún lugar del equipaje, y que uno no vaya a dejar algún billete a la deriva para que algún afortunado turista lo encuentre. Desde luego, la sensación de un equipaje más pesado que el que se llevó, y la tranquilidad de no haber consumido nada del minibar, hace que con eso termine la transacción. Vuelo muy temprano en la mañana, o ir a una terminal de buses a una hora donde se puedan conseguir tiquetes, es el comienzo de la hazaña que puede ser retornar a la rutina, a lo cotidiano.

Muchas veces pasa que uno llega aún más cansado de lo que se fue, y creería que esa debe ser la idea, en tanto que en los paseos se suele estar en movimiento, pero tal vez también está el peso anímico de llegar, encontrar los recibos a punto de vencerse, las plantas clamando por agua, o de ver que el polvo ha dejado su huella inclemente por los objetos. Uno quiere llegar rápido para ver las fotos, destapar los regalos comprados o enterarse de cosas, pero la realidad es dura, y es que al día siguiente comienza un nuevo año laboral.

Los momentos en el desplazamiento desde el lugar de descanso hasta la casa no suelen ser los más amables. El tráfico de las grandes ciudades no es amigable, en tanto que siempre está diciendo “Bienvenido a la realidad”. Los aviones, si bien ahora cuentan con más opciones de entretenimiento, suelen contar en el mejor de los casos con una película que uno ya vio, o con alguna de las versiones de la saga de “El Paseo”, como si no hubiese sido ya suficiente. La entrada a la ciudad (en el caso de los que viajan por tierra a Bogotá, ciudad desde donde se escribe “Laboratorio Cínico”) o el sobrevuelo y posterior carreteo del avión son eternos. La paciencia, gran ausente en los propósitos de año nuevo, escasea, y el tiempo tampoco colabora para que quede algún momento de descanso previo a las actividades de la mañana siguiente. La noche será corta porque toca ver las fotos, y porque hay que revisar que no se haya quedado nada  (¡ni nadie!)

La mañana siguiente hay que levantarse temprano, pero el cansancio y la ausencia de la rutina hacen que no se obedezca la orden del reloj, o que se haga de mala gana. Hay que tratar de acordarse de los pendientes laborales,  de la contraseña del computador de la oficina, de llevar la tarjeta para que dejen entrar, y de ver si quedó algo de dinero, en pesos claro está, porque ni en el bus o el parqueadero reciben rupias o chelines, ni el dispensador de comida chatarra en el trabajo se reciben “pennies”.

Las sorpresas, tan tempranas como desagradables, vienen a cargo del aumento de los precios, siempre, muy por encima de las vanagloriadas cifras de inflación. El desayuno, el almuerzo, el transporte, el parqueadero, las medicinas, y los recibos costarán más. Es un pésimo momento para recordar que todas las fiestas y paseos de fin de año fueron financiadas por crédito.  

Cuando uno llega a la oficina, saluda efusivamente a los compañeros, comparte anécdotas del viaje, reparte y recibe chocolates, pregunta quién se ganó la rifa que hizo alguno de los compañeros en el fin de año (que nunca se gana algún conocido), va iniciando la sesión del computador, con la fortuna de recordar que la contraseña sí terminaba en “01” y no en “00”, y mientras eso se carga el equipo.

Acto seguido, sale en la herramienta de correo electrónico “Outlook” el contundente y lapidario mensaje: “Tiene 156 correos sin leer”. Y ahí acaban las vacaciones.