Los padres de muchos de nosotros
alcanzaron a escuchar radionovelas, que no eran otra cosa sino dramatizaciones
por capítulos, interpretadas por actores en las tardes de las cadenas radiales
colombianas. Fueron muy populares en los años 70’s, destacándose seriales como “La
Ley contra el hampa”, así como adaptaciones de comics mexicanos como Arandú y
Kalimán, este último, el serial más popular.
Una de las frases de batalla que
Kalimán (interpretado por Gaspar Ospina) le decía a su pequeño amigo “Solín”
(interpretado magistralmente por la lamentablemente desaparecida Erika Krum –
la tía Loli de “Dejémonos de vainas”) era “Serenidad y paciencia”. Esta frase,
sin ninguna duda queda olvidada en el mundo moderno, donde todo lo queremos ya,
y no queda espacio para detenernos a pensar. Vivimos como si no hubiese mañana,
y tal vez por eso no alcanzamos a disfrutar la vida como se debe.
Somos esclavos del afán, del
reloj, de comer rápido para ser más productivos. Llegamos a extremos de
saltarnos las filas, de pasar los semáforos en rojo, de pasar por encima de las
mujeres embarazadas a la hora de subir a un bus con tal de llegar rápido. Creemos que somos los únicos
clientes de un establecimiento, que la calle es solo para nosotros, y que somos
más importantes que cualquier otra persona, porque al fin y al cabo, es que “¿acaso
nuestro tiempo no vale?”
Y no solo perdemos la paciencia fácilmente
porque la tecnología nos permite la inmediatez de prácticamente todo o porque
el estrés laboral del día a día nos absorbe y nos obliga a vivir con un ritmo
frenético. Muchas personas hoy en día creen que ser exitoso se reduce a obtener
las cosas rápidamente, sea realizando algo ilícito, vendiendo su cuerpo, invirtiendo
en negocios ficticios que atrapan mediante jugosas e inexistentes
rentabilidades, copiando las ideas y opiniones de los demás, o simplemente sobornando
al funcionario público de turno para poder obtener una mayor tajada del negocio.
Se nos perdió la idea de disfrutar del “paso a paso”, del proceso, o como diría
el uruguayo Jorge Drexler, dejamos de “amar la trama más que el desenlace”.
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