domingo, 1 de diciembre de 2013

Serenidad y paciencia



Los padres de muchos de nosotros alcanzaron a escuchar radionovelas, que no eran otra cosa sino dramatizaciones por capítulos, interpretadas por actores en las tardes de las cadenas radiales colombianas. Fueron muy populares en los años 70’s, destacándose seriales como “La Ley contra el hampa”, así como adaptaciones de comics mexicanos como Arandú y Kalimán, este último, el serial más popular.

Una de las frases de batalla que Kalimán (interpretado por Gaspar Ospina) le decía a su pequeño amigo “Solín” (interpretado magistralmente por la lamentablemente desaparecida Erika Krum – la tía Loli de “Dejémonos de vainas”) era “Serenidad y paciencia”. Esta frase, sin ninguna duda queda olvidada en el mundo moderno, donde todo lo queremos ya, y no queda espacio para detenernos a pensar. Vivimos como si no hubiese mañana, y tal vez por eso no alcanzamos a disfrutar la vida como se debe.

Somos esclavos del afán, del reloj, de comer rápido para ser más productivos. Llegamos a extremos de saltarnos las filas, de pasar los semáforos en rojo, de pasar por encima de las mujeres embarazadas a la hora de subir a un bus con tal de llegar rápido. Creemos que somos los únicos clientes de un establecimiento, que la calle es solo para nosotros, y que somos más importantes que cualquier otra persona, porque al fin y al cabo, es que “¿acaso nuestro tiempo no vale?”

Y no solo perdemos la paciencia fácilmente porque la tecnología nos permite la inmediatez de prácticamente todo o porque el estrés laboral del día a día nos absorbe y nos obliga a vivir con un ritmo frenético. Muchas personas hoy en día creen que ser exitoso se reduce a obtener las cosas rápidamente, sea realizando algo ilícito, vendiendo su cuerpo, invirtiendo en negocios ficticios que atrapan mediante jugosas e inexistentes rentabilidades, copiando las ideas y opiniones de los demás, o simplemente sobornando al funcionario público de turno para poder obtener una mayor tajada del negocio. Se nos perdió la idea de disfrutar del “paso a paso”, del proceso, o como diría el uruguayo Jorge Drexler, dejamos de “amar la trama más que el desenlace”. 

Sería bueno retomar las épocas en que las conversaciones eran eternas y en las que el tiempo no pasaba, en que se podía disfrutar sosegadamente de una comida con una buena compañía, en que no necesitábamos psiquiatras y médicos por enfermedades relacionadas con el estrés, o en que las familias se sentaban una tarde a escuchar una radionovela, donde su protagonista, en un llamado a la calma y a la cordura, pronunciaba cada tarde “Serenidad y paciencia”.



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