Uno de los momentos que más
recuerdo de mi vida fue la clausura del grado Kinder. Mi nombre había sido
mencionado como alumno sobresaliente (costumbre que se perdió con el tiempo) y
estaba a punto de subir al estrado. De repente, en un arrebato de locura, en
vez de subir por las escalas que quedaban a los lados, subí a la fuerza por la
mitad de la tarima. Un momento hilarante para todos los padres de familia, pero
a mí no me importó. Yo simplemente hice lo que creí correcto, que era subir a
recibir mi diploma (que tenía una ilustración de “Petete” en la mención de
honor). Luego, al llegar a mi casa dimensioné el hecho, gracias a lo que me
contaron mis padres, que desde luego, se vieron sorprendidos ante tal
irreverencia.
Cuando se es grande, se admira
poco esa irreverencia de los niños. Eran buenos tiempos cuando uno confiaba ciegamente
en quien le decía que no lo iba a dejar caer, cuando uno comía tierra sin
importar las enfermedades, o cuando uno se raspaba y seguía jugando, porque
esto era lo más importante. Ahora el adulto siempre está pensando en qué
pensará el otro, en cómo fanfarronear, o en cómo armar una tormenta con un
problema menor.
No tengo idea en qué momento de
la vida uno toma la decisión de ser adulto, de dejar de sorprenderse, de dejar
de arriesgar, de dejar de reírse de bobadas, o de dejar de ser curioso. Tampoco
sé en qué momento uno comienza a pensar en los problemas, en dejarse llevar del
estrés, en concentrarse más en la política y menos en los hobbies, y en pensar
cuadriculadamente al punto de perder la fantasía y la capacidad de soñar e
imaginar.
Como adultos deberíamos aprender mucho
de los niños. Pocas sensaciones se comparan a reír a carcajadas, o a hablar con
todo el mundo sin importar si es más rico, más pobre, más, o menos poderoso.
Los niños tienen una visión del mundo desprovista de prejuicios, y tan
recursiva, que les permite divertirse por igual con el juguete más complejo o
con la caja en la que viene empacado. No les importa parecerse a nadie porque
tienen su propia identidad, mientras que el adulto muchas veces siente la
necesidad de pertenecer a algo para sentirse importante.
Sería una maravilla nunca perder
esa esencia de la niñez, ni la irreverencia que nos permite hacer algo
inesperado en cualquier momento, aunque bueno, no necesariamente subir a la
fuerza en una tarima, como un pequeño hizo en su día de graduación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario