sábado, 8 de febrero de 2014

Adrenalina laboral

Mucha gente busca los deportes extremos para sentirse vivo. Escalar, lanzarse en un paracaídas, entre otras experiencias, son utilizadas por muchos para romper la rutina y tener algo de emoción, ignorando que el día a día laboral también cuenta con situaciones que generan emociones tanto o más fuertes que un día en un parque de aventuras.

Muchos tienen que enfrentarse a complejas situaciones desde el mismo inicio de la jornada. Los empleados que cumplen horarios pueden dar fe de la amargura que lleva consigo el llegar tarde al trabajo, y más si se tiene un jefe estricto. Puede ser que se haya presentado alguna dificultad familiar o que el transporte fue escaso ese día, pero ninguna excusa vale. Todas las peripecias para llegar, sumadas a la tensión de la premura de tiempo, no importan a la hora de confrontar al jefe, quien desde luego, y haciendo uso de su autoridad, sellan la confrontación con un llamado de atención que calienta la sangre y baja la moral de nuestro trabajador promedio.

Ya en la oficina, suele ocurrir que cuando el trabajador está más apurado por entregar algún trabajo, el programa que se está utilizando deja de funcionar. Se traba el sistema, la pantalla se torna blanca, y recordamos con furia a toda la familia de Bill y Melinda Gates, mientras esperamos con paciencia que el inconveniente pase, pero con la impotencia de saber que la última vez que le dimos “Guardar” al documento fue hace 20 minutos e hicimos muchos cambios. La solución casi siempre es la misma, y pasa por responder la pregunta “¿Desea cerrar este programa?”, donde el “Sí” es sinónimo de haber “dejado todo en la cancha” infructuosamente.

Cuando se trabaja con clientes, la adrenalina laboral alcanza nuevos niveles. Cada correo debe ser escrito con las palabras adecuadas, muy sutilmente, y siempre tratando de proveer una respuesta amable y coherente a las dudas, en tanto que cualquier palabra con el tono equivocado o fuera de contexto, puede ser fatal. Pueden pasar fiascos como omitir “copiar” en el correo a una de las personas importantes de la empresa cliente, o terminar copiando a una persona de otra empresa con un nombre parecido (a Ricardo Paz, por ejemplo). Si quien lo envía no se da cuenta, puede esperar un llamado de atención de su jefe, pero si se da cuenta, comienzan a subir las pulsaciones desesperadamente al tratar de buscar la opción “recuperar mensaje” en la herramienta “Outlook”, cuyo resultado más feliz es sin duda cuando se lee en la pantalla “El mensaje ha sido recuperado”, lo que ocurre en un pequeño porcentaje de los casos.

Más fracasos en el envío de correos ocurren cuando se adjunta el archivo equivocado o simplemente no se adjunta. Es frustrante trabajar tanto tiempo en un archivo y olvidar lo más importante. Pasa que uno se va tranquilo a casa, pero el sosiego se interrumpe cuando el jefe llama diciendo “¡El cliente dice que nunca le llegó el archivo!”. Media vuelta y regresar.

El peor de los casos en el envío de correos es cuando duda de si envió algo o no, y más si es un viernes. La tensión dura todo el fin de semana con la incertidumbre de si se adjuntó el archivo o no, o de si el correo finalmente salió de la bandeja de entrada. Como siempre, hay dos resultados posibles: 1. Tranquilidad el lunes cuando todo se envió bien; 2. Rabia y frustración de haber fracasado en el envío de un correo.

A veces ocurre que la tecnología se ensaña con uno, particularmente las fotocopiadoras. Puede haber 20 fotocopiadoras en la oficina, pero cuando el jefe pide algo urgente, a todas les va a faltar papel, o estarán trabadas. La ley de Murphy en versión impresa, en una copiadora que se arregla sola cuando la siguiente persona va a imprimir.

No mucha gente se aprende fácilmente las extensiones telefónicas. La adrenalina aparece cuando uno va a marcar alguna extensión, y precisamente es similar a la del Presidente de la compañía (o el jefe, o alguien con quien usted no quiere hablar). Cuando uno comete el error, y ve que en el teléfono aparece el nombre de esa persona con la que no se desea hablar, instintivamente y a una velocidad felina, uno busca cualquier botón para que no salga la llamada. El susto pasa rápido, pero el latido del corazón sigue revolucionado por un tiempo más.

Hay muchas más historias de adrenalina laboral que serán contadas en otra oportunidad, porque tendrán que esperar, en tanto que está saliendo un letrero en mi pantalla que dice “¿Está seguro que desea cerrar el programa? Perderá todos los cambios.”


Aceptar.

4 comentarios:

  1. Encuentro muchos escenarios que hemos vivido.

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  2. Mil gracias por leer, Jairo. Una maravilla que uno de mis primeros jefes "avale" lo que se dice en este artículo. Un abrazo!

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  3. Respuestas
    1. Jajajaja. Muchas gracias por leerlo, Vale! Dependo de ti para una segunda parte ;)

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